Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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Joe el Indio se sentó, miró alrededor y dirigió una aviesa sonrisa a su camarada, el cual tenía colgando la cabeza entre las rodillas. Le empujó con el pie, diciéndole:
-¡Vamos! ¡Vaya un vigilante que estás hecho! Pero no importa; nada ha ocurrido.
-¡Diablo! ¿Me he dormido?
-Unas miajas. Ya es tiempo de ponerse en marcha, compadre. ¿Qué vamos a hacer con lo poco de pasta que nos queda?
-No sé qué te diga; me parece que dejarla aquí como siempre hemos hecho. De nada sirve que nos lo llevemos hasta que salgamos hacia el Sur. Seiscientos cincuenta dólares en plata pesan un poco para llevarlos.
-Bueno; está bien...; no importa volver otra vez por aquí.
-No; pero habrá que venir de noche, como hacíamos antes. Es mejor.
-Sí, pero mira: puede pasar mucho tiempo antes de que se presente una buena ocasión para este golpe; pueden ocurrir accidentes, porque el sitio no es muy bueno. Vamos a enterrarlo de verdad y a enterrarlo hondo.
-¡Buena idea! -dijo el compinche; y atravesando la habitación de rodillas, levantó una de las losas del fogón y sacó un talego del que salia un grato tintineo. Extrajo de él veinte o treinta dólares para él y otros tantos para Joe, y entregó el talego a éste, que estaba arrodillado en un rincón, haciendo un agujero en el suelo con su cuchillo.
En un instante olvidaron los muchachos todos sus temores y angustias. Con ávidos ojos seguían hasta los menores movimientos. ¡Qué suerte! ¡No era posible imaginar aquello! Seiscientos dólares era dinero sobrado para hacer ricos a media docena de chicos. Aquello era la casa de tesoros bajo los mejores auspicios: ya no habría enojosas incertidumbres sobre dónde había que cavar. Se hacían guiños a indicaciones con la cabeza: elocuentes signos fáciles de interpretar porque no significaban más que esto: «Dime, ¿no estás contento de estar aquí?»
El cuchillo de Joe tropezó con algo.
-¡Hola! -dijo aquél.
-¿Qué es eso? -preguntó su compañero.
-Una tabla medio podrida... No; es una caja. Echa una mano y veremos para qué está aquí. No hace falta: le he hecho un boquete.
Metió por él la mano y la sacó en seguida.
-¡Cristo! ¡Es dinero!
Ambos examinaron el puñado de monedas. Eran de oro. Tan sobreexcitados como ellos estaban los dos rapaces allá arriba, y no menos contados.
El compañero de Joe dijo:
-Esto lo arreglaremos a escape.

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