Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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Aquí hay un pico viejo entre la broza, en el rincón, al otro lado de la chimenea. Acabo de verlo.
Fue corriendo y volvió con el pico y la gala de los muchachos. Joe el Indio cogió el pico, lo examinó minuciosamente, sacudió la cabeza, murmuró algo entre dientes y comenzó a usarlo.
En un momento desenterró la caja. No era muy grande y estaba reforzada con herrajes, y había sido muy recia antes de que el lento pasar de los años la averiase. Los dos hombres contemplaron el tesoro con beatífico silencio.
-Compadre, aquí hay miles de dólares -dijo Joe el Indio.
-Siempre se dijo que los de la cuadrilla de Murrel anduvieron por aquí un verano -observó el desconocido.
-Ya lo sé -dijo Joe-, y esto tiene traza de ser cosa de ellos.
-Ahora ya no necesitarás dar aquel golpe.
El mestizo frunció el ceño.
-Tú no me conoces -dijo-. Por lo menos no sabes nada del caso. No se trata sólo de un robo: es una venganza -y un maligno fulgor brilló en sus ojos-. Necesitaré que me ayudes. Cuando esté hecho..., entonces, a Texas. Vete a tu casa con tu parienta, y tus chicos, y estáte preparado para cuando yo diga.
-Bueno, si tú lo dices. ¿Qué haremos con esto? ¿Volverlo a enterrar?
-Sí. (Gran júbilo en el piso de arriba.) No, ¡de ningún modo!, ¡no! (Profundo desencanto en lo alto.) Ya no me acordaba. Ese pico tiene pegada tierra fresca. (Terror en los muchachos.) ¿Qué hacían aquí esa pala y ese pico? ¿Quién los trajo aquí... y dónde se ha ido el que los trajo? ¡Qniá! ¿Enterrarlo aquí y que vuelvan y vean el piso removido? No en mis días. Lo llevaremos a mi cobijo.
. -¡Claro que sí! Podíamos haberlo pensado antes. ¿Piensas que al número uno?
-No, al número dos, debajo de la cruz. El otro sitio no es bueno..., demasiado conocido.
-Muy bien. Ya está casi lo bastante oscuro para irnos.
Joe el Indio fue de ventana en ventana atisbando cautelosamente. Después dijo:
-¿Quién podrá haber traído aquí esas herramientas? ¿Te parece que puedan estar arriba?
Los muchachos se quedaron sin aliento.. Joe el Indio puso la mano sobre el cuchillo, se detuvo un momento, indeciso, y después dio media vuelta y se dirigió a la escalera. Los chicos se acordaron del camaranchón, pero estaban sin fuerzas, desfallecidos. Los pasos crujientes se acercaban por la escalera.

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