Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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-Después ellos echarían a andar, y tú...
-Sí; los seguí. Eso es: quería ver lo que traían entre manos, pues marchaban con tanto recelo. Los seguí hasta el portillo de la finca de la viuda, y me quedé en lo oscuro, y oí al de los harapos interceder por la viuda, y el español juraba que le había de cortar la cara, lo mismo que le dije a usted y a sus dos...
-¿Cómo? ¡El mudo dijo todo eso!
Huck había dado otro irremediable tropezón. Hacía cuanto podia para impedir que el viejo tuviera el menor barrunto de quién pudiera ser el español, y parecía que su lengua tenía empeño en crearle dificultades a pesar de todos sus esfuerzos. Intentó por diversos medios salir del atolladero, pero el anciano no le quitaba ojo, y se embarulló cads vez más.
-Muchacho -dijo el galés-, no tengas miedo de mí; por nada del mundo te haría el menor daño. No; yo te protegeré..., he de protegerte. Ese español no es sordomudo; se te ha escapado sin querer, y ya no puedes enmendarlo. Tú sabes algo de ese español y no quieres sacarlo a colación. Pues confía en mí: dime lo que es, y fíate de mí: no he de hacerte traición.
Huck miró un momento los ojos sinceros y honrados del viejo, y después se inclinó y murmuró en su oído:
-No es español..., ¡es Joe el Indio!
El galés casi saltó de la silla.
-Ahora se explica todo -dijo-. Cuando hablaste de lo de abrir las narices y despuntar orejas creí que todo eso lo habías puesto de tu cosecha, para adorno, porque los blancos no toman ese género de venganzas. ¡Pero un indio...! Eso ya es cosa distinta.
Mientras despachaban el desayuno siguió la conversación, y el galés dijo que lo último que hicieron él y sus hijos aquella noche antes de acostarse fue coger un farol y examinar el portillo y sus cercanías para descubrir manchas de sangre. No encontraron ninguna; pero sí cogieron un abultado lío.
-¿De qué? -gritó Huck.
Un rayo no hubiera salido con más sorprendente rapidez que esa pregunta de los dos pálidos labios de Huck. Tenía los ojos fijos fuera de las órbitas, y no respiraba... esperando la respuesta. El galés se sobresaltó, le miró también fijamente durante uno, dos, tres..., diez segundos, y entonces replicó:
-Herramientas de las que usan los ladrones.

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