El cumpleaños de la infanta (Oscar Wilde) Libros Clásicos

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Las muchachas se apiñaron a su alrededor, agitando sus inmensos abanicos y secreteándose entre ellas. Don Pedro y el Gran Inquisidor se quedaron riendo a la entrada. Hasta la Duquesa, dama de facciones enjutas y duras, no parecía de tan mal humor como de ordinario, y por su rostro se veía vagar algo parecido a una sonrisa fría y desvaída.
Fue por cierto una soberbia corrida de toros, mucho más bonita, pensaba la Infanta, que la corrida de verdad que había visto en Sevilla, cuando el Duque de Parma visitó a su padre. Algunos muchachos caracoleaban sobre caballos de madera y mimbre, esgrimiendo largas lanzas adornadas con gallardetes de colores brillantes; otros iban a pie agitando delante del toro sus capas escarlata y saltando ágilmente la barrera cuando arremetía contra ellos; y en cuanto al toro, era idéntico a uno de verdad, aunque sólo fuera de mimbre forrado de cuero, y mostrara una marcada tendencia a correr en dos patas por la plaza, cosa que nunca haría un toro verdadero. Sin embargo, se portó con tanta valentía, que las entusiasmadas doncellitas, terminaron subidas a los bancos, agitando sus pañuelos de encaje y voceando:
-¡Bravo toro! ¡Bravo, toro bravo! -igual que si fueran personas mayores.
Finalmente el Condecito de Terra Nova logró vencer al toro, y tras de recibir la venia de la Infanta, hundió con tanta fuerza su estoque de madera en el morrillo del animal, que la cabeza cayó a tierra, dejando ver el rostro sonriente del Vizconde de Lorena, hijo del Embajador de Francia en Madrid.
Después de eso, entre aplausos entusiastas, dos pajecitos moros despejaron el ruedo, arrastrando solemnemente los caballos muertos, y tras de un corto intermedio, en el que un equilibrista francés realizó unos ejercicios vertiginosos sobre la cuerda floja, aparecieron en el escenario de un teatro expresamente construido para ese día, unas marionetas italianas, representando la tragedia semiclásica de Sofonisba. La representaron tan bien y con gestos tan naturales, que al final de la obra los ojos de la infanta estaban bañados de lágrimas. Algunos niños lloriqueaban también, y hubo que consolarlos con golosinas.

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