El fantasma de Canterville (Oscar Wilde) Libros Clásicos

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Si nos hubiera permitido casarnos el año pasado no habría ocurrido esto nunca. ¿No me rechaza usted, verdad? ¡No puedo ni quiero irme!
El ministro no pudo menos de dirigir una sonrisa a aquel mozo guapo y atolondrado, conmovidísimo ante la abnegación que mostraba por Virginia, e inclinándose sobre su caballo, le golpeó el hombro cariñosamente y le dijo:
-Pues bien, Cecil, ya que insistes en venir, no me queda más remedio que admitirte en mi compañía; pero, eso sí, tengo que comprarte un sombrero en Ascot.
-¡Al diablo los sombreros! ¡Lo que quiero es encontrar a Virginia! -exclamó el duque riendo.
Y acto seguido galoparon hasta la estación.
Una vez allí, míster Otis preguntó al jefe si no habían visto en el andén a una joven cuyas señas correspondiesen con las de Virginia, pero no averiguó nada sobre ella. No obstante lo cual el jefe de la estación expidió telegramas a las estaciones del trayecto, ascendentes y descendentes, y le prometió ejercer una vigilancia minuciosa.
En seguida, después de comprar un sombrero para el duque en una tienda de novedades que se disponía a cerrar, míster Otis cabalgó hasta Bexley, pueblo situado cuatro millas más allá, y que, según le dijeron, era muy frecuentado por los gitanos, ya que cerca de allí había una numerosa comunidad rural.
Hicieron levantarse al guarda del lugar, pero no pudieron conseguir ningún dato de él.
Así es que, después, de atravesar y explorar los contornos, los dos jinetes tomaron otra vez el camino de casa, llegando a Canterville a eso de las once, rendidos de cansancio y con el corazón desgarrado por la inquietud. Se encontraron allí con Washington y los gemelos, esperándoles a la puerta con linternas, porque la avenida estaba muy oscura.
No se había descubierto la menor señal de Virginia. Los gitanos fueron alcanzados en el prado de Brockley, pero no estaba la joven entre ellos. Explicaron la prisa de su marcha diciendo que habían equivocado el día que debía celebrarse la feria de Chorton y que el temor de llegar demasiado tarde les obligó a darse prisa.
Además parecieron desconsolados por la desaparición de Virginia, pues estaban agradecidísimos a míster Otis por haberles permitido acampar en su parque.

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