El fantasma de Canterville (Oscar Wilde) Libros Clásicos

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Cuatro de ellos se quedaron detrás para tomar parte, en las pesquisas.
Se hizo vaciar el estanque de las carpas. Registraron la finca en todos sentidos, pero no consiguieron nada.
Era evidente que Virginia estaba perdida, al menos por aquella noche, y fue con un aire de profundo abat¡miento como entraron en casa míster Otis y los jóvenes seguidos del caballerango que llevaba de las bridas los dos caballos y al poney.
En el vestíbulo se encontraron con el grupo de los criados llenos de terror.
La pobre señora Otis estaba acostada sobre un sofá de la biblioteca, casi loca de terror y de ansiedad, y is vieja ama de gobierno le humedecía la frente con agua de colonia. En seguida míster Otis instó a su esposa para que comiese algo, y dio órdenes para que se sirviese la cena. Fue una comida triste, pues casi nadie hablaba, y hasta los gemelos se veían espantados y sumisos, pues querían entrañablemente a su hermana.
Cuando terminaron, míster Otis, a pesar de los ruegos del joven duque, mandó que todo el mundo se fuese a la cama diciendo que ya no podía hacerse nada más aquella noche, y que al día siguiente telegrafiaría a Scotland Yard para que pusieran inmediatamente varios detectives a su disposición.
Pero en el preciso momento en que salían del comedor sonaron las doce en el reloj de la torre.
Apenas acababan de extinguirse las vibraciones de la última campanada cuando oyóse un crujido acompañado de un grito penetrante.
Un trueno estentóreo bamboleó la casa; una meiodía, ultraterrena, flotó en el aire. Un lienzo de pared se desprendió bruscamente en lo alto de la escalera y sobre el rellano, muy pálida, casi blanca, apareció Virginia llevando en la mano un cofrecillo.
Inmediatamente todos la rodearon.
La señora Otis la estrechó apasionadamente entre sus brazos.
El duque casi la ahogó con sus besos, apasionados, y los gemelos ejecutaron una danza de guerra salvaje alrededor del grupo.
-¡Por Dios, hija! ¿Dónde estabas? -dijo míster Otis, bastante enfadado, creyendo que les había querido dar una broma pesada-. Cecil y yo hemos recorrido toda la comarca en busca tuya, y tu madre ha estado a punto de morirse de espanto.

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