El fantasma de Canterville (Oscar Wilde) Libros Clásicos

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-¡Dios le ha perdonado! -dijo gravemente Virginia, levantándose. Y un magnífico resplandor parecía iluminar su rostro.
-¡Eres un ángel! -exclamó el joven duque rodeándole el cuello con el brazo y besándola.

CAPITULO VII

Cuatro días después de estos curiosos sucesos, a eso de las once de la noche, salía un fúnebre cortejo de Canterville House.
La carroza iba arrastrada por ocho caballos negros, cada uno de los cuales llevaba adornada la cabeza con un gran penacho de plumas de avestruz, que se inclinaban como saludando.
La caja de plomo iba cubierta con un rico paño púrpura, sobre el cual estaban bordadas en oro las armas de los Canterville.
A cada lado del carro y de les coches marchaban los criados, llevando antorchas encendidas. Toda aquella comitiva tenía un aspecto grandioso e imponente.
Lord Canterville presidía el duelo; había venido del País de Gales expresamente para asistir al entierro y ocupaba el primer coche con la pequeña Virginia.
Después iban el ministro de los Estados Unidos y su esposa, y detrás Washington y los dos muchachos.
En el último coche iba la señora Umney. Todo el mundo convino en que después de haber sido atemorizada por el fantasma por espacio de más de cincuenta años, tenía realmente derecho a verle desaparecer para siempre.
Cavaron una profunda fosa en un rincón del cementerio, precisamente bajo el tejo centenario, y dijo las últimas oraciones, del modo más solemne, el reverendo Augusto Dampier.
Una vez terminada la ceremonia, los criados, siguiendo una an*igua costumbre establecida en la familia Canterville, apagaron sus antorchas.
Luego, al bajar la caja a la fosa, Virginia se adelantó, colocando encima de ella una gran cruz hecha con flores de almendro, blancas y rosadas.
En aquel momento salió la luna de detrás de una nube e inundó el cementerio con sus rayos de silenciosa plata, y de un bosquecillo cercano se elevó el canto de un ruiseñor.
Virginia recordó la descripción que le hizo el fantasma del jardín de la muerte; sus ojos se llenaron de lágrimas y apenas pronunció una palabra durante el regreso a la casa.

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