El fantasma de Canterville (Oscar Wilde) Libros Clásicos

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A la mañana siguiente, antes que lord Canterville partiese para la ciudad, la señora Otis conferenció con él respecto de las joyas entregadas por el fantasma a Virginia.
Eran magníficas. Había sobre todo un collar de rubíes, en una antigua montura veneciana, que era un espléndido trabajo del siglo XVI, y el conjunto representaba tal cantidad que míster Otis sentía grandes escrúpulos en permitir a su hija el aceptarlas.
-Milord -dijo el ministro-, sé que en este país el concepto de vanos muertas, se aplica lo mismo a los objetos menudos que a las tierras, y es evidente, evidentísimo para mí, que estas joyas deben quedar en poder de usted como legado de familia. Le ruego, por lo tanto, que consienta en llevárselas a Londres, considerándolas simplemente como una parte de su herencia que le fuera restituida en circunstancias extraordinarias. En cuanto a mi hija, no es más que una chiquilla, y hasta hoy, me complace decirlo, siente poco interés por esas futilezas de lujo superfluo. He sabido igualmente por la señora Otis, cuya autoridad no es despreciable en cosas de arte, dicho sea de paso, pues ha tenido la suerte de pasar varios inviernos en Boston cuando era una jovencita, que esas piedras preciosas tienen un gran valor monetario y que´si se pusieran en venta producirían una bonita suma. En estas circunstancias, lord Canterville, reconocerá usted, indudablemente, que no puedo permitir que queden en manos de ningún miembro de mi familia. Además de que todas esas baratijas y chucherías y todos esos jugetes, por muy apropiados y necesarios que sean a la dignidad de la aristocracia británica, estarían fuera de lugar entre personas educadas de acuerdo con los severos principios, según los inmortales principios, pudiera decirse, de la sencillez republicana. Quizá me atrevería a decir que Virginia tiene gran interés en que le deja usted la cajita que encierra esas joyas en recuerdo de las locuras y de los infortunios de su antepasado. Y como esa caja ya es muy vieja y, por consiguiente, deterioradísima, quizá encuentre usted razonable acoger favorablemente su deseo. En cuanto a mí, confieso que me sorprende grandemente ver a uno de mis hijos demostrar interés por una cosa de la Edad Media, y la única explicación que le encuentro es que Virginia nació en un barrio de Londres, a poco de regresar la señera Otis de una excursión a Atenas.

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