El pescador y su alma (Oscar Wilde) Libros Clásicos

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La Bruja de cabellos rojos también trató de levantar el vuelo, pero el Pescador la sujeto fuertemente por las muñecas.
-¡Suéltame! -gritó ella-. ¡Déjame ir, porque has nombrado lo que no debería nombrarse, y has hecho el signo que no debe verse!
-¡No! -replicó él-. No te dejaré ir hasta que me hayas dicho el secreto.
-¿Qué secreto? -preguntó ella forcejeando como un gato montés y mordiéndose los labios, blancos de espuma.
-¡Lo sabes muy bien! -dijo el joven.
Los ojos de la bruja, verdes como el pasto, centellearon de lágrimas, diciendo:
-¡Pídeme lo que quieras, menos eso!
Pero él se echó a reír, y la sujetó con más fuerza.
Y cuando ella vio que no podía escapar, le susurró al oído:
-¿No te parece que soy tan bella como las hijas del Mar, tan seductora como las que viven bajo las aguas azules?
Y lo miraba cariñosamente, acercando su rostro al del joven.
Pero el Pescador la rechazó frunciendo el ceño, mientras decía:
-Si no cumples la promesa que me hiciste, tendré que matarte por ser bruja falsa y mentirosa.
Ella palideció, tomando el color gris lívido de la flor del árbol de Judas, y estremeciéndose le señaló:
-Será como quieres. Es tu alma y no la mía. Haz con ella lo que se te antoje.
Y se descolgó del cinturón un cuchillito, con mango de piel de víbora verde, para entregárselo. En la hoja centelleaban misteriosas runas.
-¿Y para qué me va a servir esto? -preguntó el Pescador sorprendido.
Ella calló todavía por un instante y una sombra de terror le pasó por el rostro. Luego sonrió extrañamente, sacudió su cabellera reja, y agregó:
-Lo que los hombres llaman la sombra del cuerpo no es la sombra del cuerpo, sino el cuerpo del alma. Ponte de pie en la playa, de espaldas a la luna, y con este cuchillo corta, desde tus pies, tu sombra, que es el cuerpo de tu alma, y ordénale que se vaya. Ella así tendrá que hacerlo.
El joven Pescador se estremeció de placer.
-¿Es verdad lo que me dices? -murmuró.
-Es cierto, y quisiera no habértelo dicho nunca -murmuró ella llorando, y se abrazó a sus rodillas.

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