El pescador y su alma (Oscar Wilde) Libros Clásicos

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-Pégale, hazlo caer.
Y él le pegó al niño, hasta hacerlo caer, llorando. Luego escaparon de la ciudad.
Y cuando estuvieron a una legua de la ciudad, el joven Pescador se irritó y dijo a su alma:
-¿Por qué me hiciste que le pegara a ese niño, siendo eso, como es, una acción vil?
Pero su alma le respondió:
-Cálmate, tranquilízate...
Al amanecer del tercer día llegaron a otra ciudad, y el joven Pescador preguntó a su alma:
-¿Es esta la ciudad donde baila la muchacha de quien me hablaste?
Y su alma le contestó:
-Sí, quizás sea esta la ciudad. Entremos a ver.
Y entraron, y recorrieron las calles. Pero en ningún sitio les fue posible encontrar el río, ni la posada que se levantaba a orillas del río. Y la gente de la ciudad lo miraba con extrañeza, y el joven Pescador se atemorizó, y le dijo a su alma:
-Vámonos de aquí, porque la muchacha que baila con pies blancos no está en esta ciudad.
Pero su alma le contestó:
-No, quedémonos en esta ciudad, porque la noche esta oscura y puede haber ladrones en el camino.
Se sentaron entonces a descansar en el mercado; cuando al poco rato, pasó un mercader vestido con una capa de paño de Tartaria que llevaba una linterna al extremo de una caña.
El mercader le dijo:
-¿Por qué te sientas en el mercado, cuando las tiendas ya están cerradas?
Y el joven Pescador repuso:
-No encontré ninguna posada en esta ciudad, y no tengo pariente alguno que me hospede.
-¿Es que acaso no somos todos hermanos? -dijo el mercader-. ¿Acaso no nos hizo a todos el mismo dios? Ven conmigo, yo tengo en mi casa una habitación para huéspedes.
Y el joven Pescador se levantó y siguió al mercader hasta su casa.
Cuando entraron, después de atravesar un jardín de granados, el mercader le trajo agua de rosas en un lavatorio de cobre para que se lavara las manos, y melones maduros para que apagara su sed, y un plato de arroz con una porción de cabrito asado para que saciara su hambre.

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