El pescador y su alma (Oscar Wilde) Libros Clásicos

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-¿Qué dices? -murmuró el joven Pescador.
-Bien lo sabes -contestó su alma-, lo sabes muy bien. ¿Te olvidaste que no me diste corazón? Por eso, no te inquietes, ni me perturbes a mí. Tranquilízate, porque no hay dolor que no puedas ahuyentar, ni placer que no puedas conseguir.
Al oír estas palabras atroces, el joven Pescador tembló, y replicó a su alma:
-Eres perversa y malvada, me has hecho olvidar mi amor, me has seducido con tus tentaciones, y has encaminado mis pies por la senda del pecado.
Pero su alma replicó con petulancia:
-No olvides que cuando me arrojaste al mundo no me diste corazón. Ven, vamos ya a otra ciudad, y divirtámonos, porque tenemos nueve bolsas de oro para gastar.
Esta vez el joven Pescador arrojó al suelo las nueve bolsas de oro, y las pisoteó, gritando:
-¡No! ¡No quiero nada contigo, ni viajaré más en tu compañía! Tal como me desprendí de ti una vez, me desprenderé de nuevo ahora, porque no me has hecho más que daño.
Se volvió de espaldas a la luna, y con el cuchillito de mango de piel de víbora verde, trató de recortar, desde sus pies, esa sombra del cuerpo que es el cuerpo del alma.
Sin embargo ahora el alma no se separó de él, ni obedeció su mandato, sino que le dijo:
-El hechizo que te enseñó la bruja ya no te sirve ahora, porque ni yo puedo abandonarte, ni tú puedes desprenderte de mí. Sólo una vez en la vida un hombre puede separarse de su alma, pero aquel que la ha recibido de nuevo, tiene que conservarla consigo para siempre; y éste es su castigo y también su recompensa.
El joven Pescador palideció y apretó los puños, gritando:
-¡Fue una bruja malvada, porque eso no me lo dijo!
-No -repuso su alma-, ella fue fiel a Aquel a quien adora y servirá para siempre.
Cuando el joven Pescador comprendió que ya no podría librarse de su alma, que ahora era un alma perversa, y que habitaría en él para siempre, cayó en tierra llorando amargamente.


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