El abanico de Lady Windermere (Oscar Wilde) Libros Clásicos

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No vaya usted
tomar demasiado a pecho esa pequeña aberración
de Windermere. Lléveselo usted al extranjero, verá
cómo vuelve a usted.
LADY WINDERMERE.- ¿Cómo vuelve a mí?
DUQUESA. - Sí, hija mía; esas condenadas
mujeres nos quitan nuestros maridos; pero éstos
acaban siempre por volver a nosotras; aunque, eso
sí, un tanto averiados. Y no le haga usted ninguna
escena; los hombres detestan las escenas.
LADY WINDERMERE.- Ha sido usted muy
buena duquesa, en venir a contarme todo eso. Pero
no puedo creer que mi marido me sea infiel.
DUQUESA. - ¡Ay, hija mía! ¡Así era yo antes!
Ahora sé ya que todos los hombres son unos
monstruos (LADY WINDERMERE tira de la
campanilla.) Lo único que se puede hacer es dar bien
de comer a esos bandidos. Un buen cocinero hace
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EL ABANICO DE LADY WINDERMERE
maravillas; y eso ya lo tiene usted. Pero ¿no irá usted
a llorar, mi querida Margarita?
LADY WINDERMERE.- No tema usted, duquesa;
nunca lloro.
DUQUESA.- Hace usted muy bien, querida. Las
lágrimas son el refugio de las feas y la ruina de las
bonitas. ¡Agatha, querida!
AGATHA.- ¿Qué, mamá?
DUQUESA.- Di adiós a lady Windermere y dale
las gracias por tu deliciosa visita. (Volviéndose otra vez
hacia atrás.) Y entre paréntesis: muchas gracia por
haber enviado una invitación a míster Hopper..., ese
australiano tan rico y de quien tanto se está
hablando ahora. Su padre hizo una fortuna enorme
vendiendo no sé qué clase de conservas; pero él es
muy interesante, y me parece que se interesa mucho
por la conversación espiritual de Agatha. Claro que
nosotros sentiríamos mucho tener que separarnos
de ella; pero a mi juicio, una madre que no es buena
madre no se separa de una hija todos los años.
(PARKER abre la puerta del centro.) Y acuérdese usted
de mi consejo: lléveselo de Londres lo antes

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