Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift) Libros Clásicos

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Con gran dificultad pude abandonar la hamaca después de haberme aventurado a correr el tablero del techo dispuesto para dejar entrada al aire, de que he hecho mención ya, pues me sentía casi asfixiado.
     ¡Cuántas veces deseé verme al lado de mi querida Glumdalclitch, de quien tanto me había separado el espacio de una sola hora! Y debo decir que en medio de todas mis desdichas no dejaba de entristecerme por mi pobre niñera y por el daño que de mi pérdida pudiera venirle con el disgusto de la reina y el consiguiente arruinamiento de su fortuna. Probablemente pocos viajeros se habían encontrado en dificultades y desventuras mayores de las que yo sufrí en este trance, temiendo a cada momento que mi caja se estrellase e hiciera pedazos o al menos se volcara con la primera ráfaga de aire. La simple rotura de un cristal hubiera significado la muerte inmediata, y nada hubiese librado las ventanas a no llevar el enrejado de alambre fuerte puesto por fuera a fin de evitar accidentes de viaje. Veía yo filtrarse el agua por diversas hendeduras, aunque no eran muy grandes las goteras, y traté de taparlas como pude. No podía levantar el techo de mi gabinete, lo que hubiera hecho ciertamente, de serme posible, para sentarme encima, donde, cuando menos, hubiera podido defenderme algunas horas más que encerrado en lo que podríamos llamar la bodega. Por otro lado, si lograba evitar estos peligros un día o dos, ¿qué podía esperar sino una miserable muerte de hambre y frío? Pasé cuatro horas en estas circunstancias aguardando y deseando en verdad que cada momento fuese el último de mi vida.
     Ya he referido al lector que en el lado de mi caja que no tenía ventana había dos fuertes colgaderos, por los cuales el criado que me llevaba a caballo pasaba su cinto de correa que se ceñía luego al cuerpo. Cuando estaba en aquella desconsoladora situación oí, o al menos me pareció oír, en el lado de la caja donde estaban los colgaderos, una especie de ruido como si rasparan; poco después experimenté la sensación de que empujaran o remolearan la caja mar adelante, pues de vez en cuando sentía como un tirón que levantaba las olas cerca del filo de las ventanas, dejándome casi en la obscuridad. Esto me dio alguna débil esperanza de socorro, aunque no podía imaginar por dónde había de llegarme.

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