La otra vuelta de tuerca (Henry James) Libros Clásicos

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   -¿A un actor?
   Y era imposible parecerse menos a una actriz que la señora Grose en ese momento.
   -Nunca he visto a uno, pero me imagino que son así. Es alto, enérgico, erguido -continué- pero nunca, ¡jamás!, un caballero.
   El rostro de mi compañera había ido palideciendo intensamente a medida que yo hablaba. Sus ojos parecían desencajados y tenía la boca abierta por el asombro.
   -¿Un caballero? -musitó confusa y azorada-. ¿Un caballero, él?
   -Entonces, ¿le conoce usted?
   Trató visiblemente de dominarse.
   -¿Es bien parecido?
   Me di cuenta de cuál era la manera de ayudarla.
   -¡Extraordinariamente!
   -Y vestía...
   -Con ropas de otra persona. Eran elegantes, pero no las suyas.
   Ella me interrumpió con un gruñido ahogado y confirmador.
   -¡Son del amo!
   La tenía ya cogida.
   -¿Así que lo conoce?
   Vaciló un par de segundos; luego exclamó:
   -¡Quint!
   -¿Quint?
   -Peter Quint, su criado, su ayuda de cámara cuando el amo estuvo aquí.
   -¿Cuando el amo estuvo aquí?
   Jadeando aún, pero decidida a hacerme frente, continuó:
   -Nunca usó sombrero; sin embargo llevaba... Bueno, faltaron algunos chalecos. Ambos estuvieron aquí... el año pasado. Cuando el amo se marchó, Quint se quedó solo.
   Yo la seguía, pero entonces la interrumpí.
   -¿Solo?
   -Solo con nosotros -y añadió, como si sus palabras surgieran de una profundidad aún mayor-: Se quedó a cargo del lugar.
   -¿Y qué fue de él?
   Tardó tanto en responderme, que me sentí todavía más desconcertada.
   -También se marchó -dijo finalmente.
   -¿Adónde?
   La expresión de la señora Grose, en ese momento, se volvió extraordinaria.
   -¡Sólo Dios puede saberlo! Murió.
   Yo me estremecí.
   -¿Murió?
   Ella pareció adquirir aplomo, plantarse más firmemente para resistir al asombro.
   -Sí. El señor Quint ha muerto.

VI

   Desde luego, fue necesario algo más que aquel episodio para situarnos en presencia de lo que ahora tendríamos que soportar como pudiésemos; es decir, a pesar de mi poquísima capacidad para encajar impresiones del género de las que vívidamente acababa de experimentar; capacidad cuyo conocimiento suscitaba en mi compañera, mezclados, un poco de consternación y otro poco de lástima.

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