La otra vuelta de tuerca (Henry James) Libros Clásicos

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Más extraño de lo que puedo expresar me resultaba el esfuerzo por luchar contra mis nuevos conocimientos. Me asombraba ver cómo era posible que mis pequeños discípulos no sospecharan que yo pensaba cosas raras sobre ellos; y el hecho de que aquellas cosas raras existieran, sólo lograba hacérmelos más interesantes, lo que no era, desde luego, una ayuda para mantener ocultos mis pensamientos. Temblaba ante la idea de que pudieran advertir que de aquella manera eran inmensamente más interesantes. En el peor de los casos, como a menudo juzgué en mis meditaciones, cualquier nube sobre su inocencia podía ser una razón de más para correr riesgos en su favor. Había momentos en que, por un impulso irresistible, corría a abrazarlos y tenerlos estrechamente enlazados sobre mi corazón. Tan pronto como lo hacía, solía preguntarme: "¿Qué podrán pensar de esto? ¿No me estaré traicionando demasiado?" Hubiera sido fácil encerrarme tristemente en el temor de lo mucho que podía traicionarme; pero la verdad es que, durante las horas de paz de que aún podía gozar, comprendía que el encanto personal de mis discípulos era su arma más eficaz, incluso bajo la sombra de sospecha de que fuera estudiado. Y, así como se me ocurre que en ciertas ocasiones podían suscitar sospechas los estallidos de mi intensa pasión por ellos, también recuerdo haberme preguntado si no resultaba sospechoso el aumento de sus propias demostraciones.
   En aquel periodo se mostraban extravagantes y extraordinariamente cariñosos conmigo; lo que, después de todo, podía ser una simple y lógica respuesta al afecto que yo les daba. El homenaje que me rendían era el más acertado remedio para mis nervios, y yo parecía no advertirlo o, digamos, atraparlos mientras me lo preparaban. Eran incansables en hacer cosas en beneficio de su pobre protectora; quiero decir que no se limitaban a aprender sus lecciones cada vez mejor, con el evidente propósito de agradarle aún más, sino que se esforzaban para divertirla, entretenerla, sorprenderla; le leían pasajes de libros, le contaban historias, escenificaban charadas, disfrazándose de animales y de personajes históricos y, sobre todo, la asombraban con las obras que en secreto habían aprendido de memoria y podían recitar interminablemente.

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