La otra vuelta de tuerca (Henry James) Libros Clásicos

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Por supuesto, me comporté bondadosa y misericordiosamente; nunca, nunca hasta entonces había colocado yo en sus pequeños hombros manos tan tiernas como las que, sentados en la cama y frente al fuego de una chimenea, le puse.
   -Debes decirme ahora toda la verdad. ¿Para qué saliste? ¿Qué hacías en el jardín?
   Puedo ver todavía su maravillosa sonrisa, el blanco de sus hermosos ojos y el fulgor de sus pequeños dientes, brillando para mí en la penumbra.
   -¿Podrá comprenderlo si se lo digo?
   Ante esas palabras, sentí que el corazón me saltaba hasta la garganta. ¿Me diría la verdad? No encontré en mis labios ningún sonido para apremiarle, y me limité a contestarle con una vaga y repetida mueca afirmativa. Miles era la buena educación personificada, y mientras yo movía la cabeza, en señal de asentimiento, él parecía más que nunca un pequeño príncipe. Y fue su brillantez lo que me dio un poco de confianza. ¿Se hubiera mostrado tan desenvuelto en el caso de contarme, en efecto, toda la verdad?
   -Bueno -concluyó-, el caso es que bajé para que usted hiciera precisamente lo que hizo.
   -¿Para que hiciera qué?
   -¡Para que, por variar, pensara que soy malo!
   Jamás olvidaré la dulzura y la alegría con que pronunció aquella palabra, ni cómo, al acabar de decirla, se inclinó hacia delante y me besó. Era, prácticamente, el final de todo. Recibí su beso y tuve que efectuar, mientras lo tenía entre mis brazos, un esfuerzo sobrehumano para no echarme a llorar. Me acababa de dar una explicación que me dejaba por entero indefensa, y apenas logré balbucir, mientras miraba en torno mío:
   -Entonces, ¿no te habías desvestido?
   Adiviné su sonrisa, en la penumbra.
   -No; había estado sentado, leyendo.
   -¿Y cuándo bajaste?
   -A medianoche. ¡Cuando decido ser malo, soy malo!
   -Comprendo, comprendo... Eres encantador. Pero ¿cómo podías tener la seguridad de que yo me enteraría?
   -¡Oh! Lo arreglé todo con Flora -sus respuestas surgían con fluidez-. Convinimos en que ella se levantaría y miraría hacia fuera.
   -Eso fue, en efecto, lo que hizo.

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