La otra vuelta de tuerca (Henry James) Libros Clásicos

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Pero démonos prisa.
   Él volvió a caminar a mi lado, pasando su mano bajo mi brazo.
   -Entonces, ¿cuándo volveré a la escuela?
    Al volverme a mirarlo, adopté mi aire de mayor responsabilidad.
   -¿Era feliz allá?
   Lo pensó durante unos segundos.
   -Yo soy feliz en cualquier parte.
   -Entonces -lo interrumpí-, si eres feliz aquí...
   -¡Oh, eso no es todo! Desde luego, usted sabe mucho...
   -Pero tú supones que sabes casi tanto como yo, ¿verdad? -me atreví a preguntarle cuando hizo una pausa.
   -¡No sé ni la mitad de lo que quisiera! -admitió Miles honradamente-. Pero no es de eso de lo que se trata...
   -¿De qué, entonces?
   -Bueno... Quiero conocer un poco más de la vida.
   -Ya veo, ya veo.
   Habíamos llegado a un sitio desde el cual se podía ver la iglesia y a varias personas, entre ellas algunos miembros de la servidumbre de Bly, agrupados junto a la puerta para cedernos el paso a nuestra llegada. Apresuré la marcha. Quería llegar a la iglesia antes de que la conversación que sosteníamos alcanzara mayores honduras; pensaba, con avidez, que durante más de una hora él tendría que permanecer en silencio; y pensé también, con satisfacción, en la relativa penumbra del templo y la ayuda casi espiritual que me presentaría el cojín en que apoyaría las rodillas. Parecía que estuviera yo disputando una carrera con la confusión a la que él trataba de reducirme, y creo que llegó a vencerme cuando, antes de que entráramos en el atrio de la iglesia me dijo:
   -¡Quiero estar con mis iguales!
   Aquello me hizo literalmente dar un salto.
   -No existen muchos que puedan igualarte, Miles -dije, y me eché a reír-. Salvo, tal vez, la pequeña y adorable Flora.
   -¿Me está usted comparando con una niñita?
   Aquella pregunta me tomó por sorpresa.
   -¿Es que no quieres a nuestra dulce Flora?
   -Si no la quisiera, y a usted tampoco... -repitió, como si retrocediera para dar un salto, dejando sin embargo su pensamiento tan incompleto que, traspuesta la puerta del atrio de la iglesia, otro alto, que él impuso con una presión de su brazo, se hizo inevitable.

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