La otra vuelta de tuerca (Henry James) Libros Clásicos

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Lo único que tenía que hacer era dar la vuelta y apresurarme; volver, para recoger algunas cosas, a la casa, que estaría prácticamente vacía, pues la mayoría de los sirvientes estaban en la iglesia. Nadie, a fin de cuentas, me podría reprochar mi desesperada huida. Tenía una aguda previsión de lo que mis pequeños discípulos, fingiendo una inocente sorpresa, me dirían a la salida: "¿Pero qué ha estado usted haciendo? Es usted una persona verdaderamente terrible. ¿Cómo se le ocurre abandonarnos precisamente en la puerta del templo? Nos ha tenido preocupados, sin poder concentrarnos en el oficio religioso..." No hubiera podido responder a sus preguntas, ni tolerado sus miradas falsamente encantadoras; sin embargo, tendría que hacerles frente, y sólo ese pensamiento hizo que el proyecto de huida tomara cuerpo.
   Cuando me di cuenta, ya había cruzado el cementerio y tomado el camino que conducía a Bly. Al llegar a casa, estaba completamente decidida a huir. La calma dominical de los alrededores y del mismo edificio, en el que no encontré a nadie, me infundió la sensación de que aquélla era la oportunidad. De ese modo me podría marchar rápidamente, sin una escena, sin una palabra. Sin embargo, tendría que darme prisa, y el problema del transporte era la gran dificultad que debía resolver. Atormentada por las dificultades y los obstáculos, recuerdo que me detuve al pie de la escalera y me senté en uno de los escalones inferiores, desprovista de fuerzas para subirla. Pero de pronto recordé con repulsión que en aquel preciso lugar, hacía más de un mes, en la oscuridad de la noche, colmado de maldad, había visto el espectro de la más horrible de las mujeres. Ante eso, sentí renacer mis fuerzas; subí precipitadamente la escalera y me dirigí directamente a la sala de las clases, puesto que había allí objetos que me pertenecían y no deseaba abandonar. Pero abrí la puerta para encontrarme de nuevo, como en un relámpago, con que mis ojos no estaban sellados. En presencia de lo que vi,. flaquearon todas mis resoluciones.
   Sentada ante mi propia mesa y a la clara luz del mediodía, vi a una persona a la que, sin mi experiencia previa, hubiera podido tomar por una sirvienta que había permanecido en la casa para cuidar de ella, y la cual, aprovechando que no había nadie, había decidido utilizar mis plumas, mi papel y mi tinta para escribir una carta a su enamorado.

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