La otra vuelta de tuerca (Henry James) Libros Clásicos

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.. Así que tiene que haber sido por eso; y eso permitirá airear todo el asunto. Después de todo -dije-, la culpa es del tío, por haberlo dejado en manos de semejantes personas...
   -Él, en realidad, no las conocía. La culpa es mía -dijo ella, y estaba terriblemente pálida.
   -Bueno, usted no va a salir perjudicada -le respondí.
   -Pero los niños sí -replicó enfáticamente.
   Permanecí en silencio durante un momento, y nos miramos una a otra.
   -Entonces, ¿qué voy a decirle?
   -No necesita usted decirle nada. Yo se lo diré.
   Sopesé sus palabras.
   -¿Quiere usted decir que va a escribirle...? -me acordé de que no sabía hacerlo y añadí:
   -¿Cómo va usted a comunicarse con él?
   -Se lo pediré al alguacil. Él sabe escribir.
   -¿Y le pedirá usted que relate nuestra historia?
   Mi pregunta tuvo una fuerza sarcástica que yo no había pretendido darle, pero que sirvió para desanimar a la señora Grose. Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
   -¡Ay, señorita, escríbale usted!
   -Bueno, lo haré esta noche -le respondí, y en ese momento nos separamos.

XVII

   Esa misma noche llegué, en efecto, a escribir el párrafo inicial. El tiempo había vuelto a cambiar, soplaba un fuerte viento, y debajo de la lámpara de mi habitación, con Flora que dormía apaciblemente a mi lado, permanecí sentada durante largo rato ante una hoja de papel en blanco y escuchando el repiqueteo de la lluvia sobre los cristales de las ventanas. Finalmente, cogí una vela y salí del cuarto. Atravesé el pasillo y pegué el oído ante la puerta de Miles. Lo que, en mi constante obsesión, había esperado escuchar, era un sonido revelador de que el niño no estaba durmiendo. De pronto capté uno, pero no revestía la forma que había esperado. Su voz tintineó:
   -¿Es usted? Entre, por favor.
   Fue una nota de alegría en medio de las tinieblas.
   Entré, pues, con mi vela y lo encontré ya acostado, pero completamente despierto.
   -¿Qué hace, levantada a esta hora? -me preguntó con una cordialidad que me hizo pensar que, si la señora Grose hubiera estado presente, habría buscado en vano una prueba de que entre Miles y yo todo había terminado.

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