La otra vuelta de tuerca (Henry James) Libros Clásicos

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   Poco antes había dicho a la señora Grose que, en aquellas circunstancias, Flora no era una niña, sino una mujer adulta, una vieja, y aquella definición no podía quedar mejor confirmada que por la propia actitud de la niña, quien en ese momento me lanzó, sin ningún recato, una mirada de profunda, de cada vez más profunda reprobación. Yo estaba en ese instante terriblemente abrumada por su actitud, y simultáneamente me daba cuenta de que la señora Grose iba a darme otro formidable motivo de disgusto. En efecto, mi compañera, con la cara encendida y un tono de irritada protesta, me gritó:
   -¡Todo esto es espantoso, señorita! ¿Dónde ha podido usted ver algo?
   Sólo pude agarrarle de nuevo del brazo, ya que, mientras hablaba, la espantosa presencia continuó mostrándose impasible. La aparición había durado ya algo así como un minuto, y permaneció mientras yo seguía sujetando a mi colega e insistiendo al tiempo que se la señalaba con mi mano libre.
   -¿No la ve usted como la vemos nosotras? ¿Quiere decir que no la ve ahora, ahora, ahora? ¡Es tan grande como una llamarada! ¡Mire ahora, buena mujer, mire...!
   Ella miraba como yo, y al final profirió un profundo gruñido de negación, repulsa y compasion... una mezcla de piedad y alivio por haber sido eximida de aquella contemplación... el sentimiento -lo supe en aquel mismo momento- de que me hubiera respaldado de haber podido hacerlo. Debió de ser grande mi necesidad de tal apoyo, porque con la cruel comprobación de que los ojos de la señora Grose se mantenían desesperanzadamente incrédulos, sentí que mi situación se derrumbaba horriblemente. Sentí, vi a mi lívida predecesora confirmar, desde su posición, mi derrota, y fui consciente, sobre todas las cosas, de lo que a partir de ese momento debía esperar de la pequeña contienda con mi alumna. Contienda en la que la señora Grose intervino inmediata y violentamente, haciendo añicos, aunque ya sólo se sustentaba en mi propio sentimiento de desastre, un prodigioso triunfo personal.
   -¡No está allí, tesoro; no hay nadie allí! ¡Y tú no has visto nunca nada, corazón.

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