La otra vuelta de tuerca (Henry James) Libros Clásicos

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El cordero asado estaba ya sobre la mesa cuando Miles entró en el comedor. Antes de sentarse, permaneció un momento de pie, con las manos en los bolsillos, y miró la carne como si se dispusiera a hacer un comentario humorístico sobre ella. Sin embargo, lo que dijo fue:
   -Quiero saber, querida, si está realmente tan enferma.
   -¿La pequeña Flora? No, no está muy mal, y pronto se repondrá. Londres le sentará bien. Bly, en cambio, había dejado de convenirle. Siéntate y come tu camero.
   Me obedeció al instante, se sirvió carne y luego volvió al tema.
   -¿Tan mal le ha sentado Bly de repente?
   -No tan de repente como te imaginas. La cosa se veía venir.
   -Entonces, ¿por qué no la hicieron salir antes de aquí?
   -¿Antes de qué?
   -Antes de que estuviera demasiado enferma para viajar.
   -No está demasiado enferma para viajar -le respondí sin pérdida de tiempo- lo hubiera estado de haberse quedado aquí. Este era el momento preciso para que emprendiera el viaje. El cambio de aires disipará las malas influencias...
   Realmente, podía enorgullecerme de mí misma por mi dominio.
   -Comprendo, comprendo -dijo Miles.
   Su aplomo era comparable al mío. Empezó a comer con aquella distinción de modales que yo había admirado desde el día de su llegada y que me ahorraba la pesada carga de tener que estar reprendiéndolo en la mesa. Por todo podrían haberlo expulsado de la escuela, menos por malos modales en la mesa. Ese día se mostraba tan irreprochable como siempre, pero había algo indudablemente deliberado en su actitud. Era evidente que estaba tratando de dar por sentadas más cosas de las que sabía sin ayuda de nadie, con entera facilidad; y se sumió en un apacible silencio mientras estudiaba la situación. Nuestro almuerzo fue de lo más breve que pueda imaginarse. Apenas pude probar bocado, e hice que rápidamente la doncella levantara la mesa. Mientras tanto Miles permanecía de pie con las manos nuevamente en los bolsillos y de espaldas a mí, mirando a través de la ventana del comedor que en otra ocasión tanto me había sobresaltado.

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