La otra vuelta de tuerca (Henry James) Libros Clásicos

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Parecía estar ansioso, aunque vigilaba y controlaba sus reacciones; lo cierto es que había estado ansioso todo el día, incluso cuando se sentó a la mesa y echó mano de todo su talento para disimularlo. Cuando, finalmente, se volvió hacia mí, tuve la impresión de que todo aquel talento había sucumbido.
   -Bueno, creo que me alegro de que a mí sí me sienta bien Bly.
   -Supongo que en estas últimas veinticuatro horas habrás podido ver más que en todo el tiempo anterior. Espero -continué valientemente- que hayas disfrutado de tus paseos.
   -¡Oh, sí! Nunca había caminado tanto... recorrí millas y millas. Nunca me había sentido tan libre.
   Tenía una manera de expresarse muy personal, y lo único que yo podía hacer era tratar de situarme a su nivel.
   -Y bien, ¿te ha gustado?
   Permaneció sonriendo frente a mí y luego puso en cuatro palabras un caudal de significación mayor que el que yo me hubiera podido imaginar en una frase tan breve.
   -¿Le gusta a usted? -y, antes de que hubiese tenido tiempo de responder, añadió como si considerara su pregunta como una impertinencia-: Me parece que lo ha tomado de un modo magnífico, pues, por supuesto, si ahora estamos solos, es usted quien está más sola. Espero -concluyó- que no le importe demasiado.
   -¿Cómo no iba a importarme algo que tiene relación contigo? -respondí-. Mi querido niño, ¿cómo podía no importarme? Aunque haya renunciado a toda pretensión a tu compañía, puesto que tú estás muy por encima de mí, yo al menos la disfruto enormemente. ¿Por qué, si no, me hubiera quedado aquí?
   Miles me miró directamente, y la expresión de su rostro, más grave entonces, me asombró por ser la más bella que nunca había visto en él.
   -¿Se quedó aquí sólo por eso?
   -Por supuesto. Me he quedado sólo porque soy tu amiga y por el tremendo interés que tengo por hacer todo lo que de mí dependa para ayudarte. Esto no debe sorprenderte -mis esfuerzos por ocultar el temblor de mi voz resultaron inútiles-. ¿No recuerdas lo que dije aquella noche de tormenta, cuando fui a tu dormitorio y me senté en tu cama? Te dije que no había nada en el mundo que no pudiera hacer por ti.

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