Cartas desde mi molino (Alfonso Daudet) Libros Clásicos

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descubrir lo que apetecía, es decir, la historia de mi
mula y de esa famosa coz guardada siete años. El
cuento es bonito, aunque un poco inocente, y voy a
tratar de narrároslo tal como lo leí ayer de mañana
en un manuscrito de color del tiempo, que olía muy
bien a alhucema seca y tenía por registros largos
hilos de la Virgen.
El que no ha visto Aviñón en tiempo de los Pa-
pas, no ha visto nada. Jamás hubo ciudad como ella
en lo alegre, viva, animada, en el ardor por los fes-

A L F O N S O D A U D E T

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tejos. Desde la mañana a la noche, todo se volvían
procesiones y peregrinaciones, con las calles alfom-
bradas de flores, empavesadas con tapices, venidas
de cardenales por el Ródano, ondeando al viento
los estandartes, flameantes de gallardetes las galeras,
los soldados del Papa cantando en latín por las ca-
lles, a compás de las matracas de los frailes mendi-
cantes, luego, de arriba abajo de las casas que se
apiñaban zumbando en torno del gran palacio papal
como abejas en derredor de su colmena, oíanse
también el tic tac de los bolillos que hacían randas,
el vaivén de las lanzaderas que fabricaban los tisúes
ole oro para las casullas, los martillitos de los cin-
celadores de vinajeras, las tablas de armonía ajusta-
das en los talleres de guitarrero, los cánticos de las
urdidoras, y por encima de todo esto el ruido de las
campanas y algunos sempiternos tamboriles que se
oían roncar allá abajo, hacia el puente.
Porque entre nosotros, cuando el pueblo está
contento, necesita estar siempre baila que te baila, y
como por aquellos tiempos las calles de la ciudad
eran demasiado estrechas para la farándula, pífanos
y tamboriles apostábanse en el puente de Aviñón, al
viento fresco del Ródano, y día y noche se estaba
allí baila que bailarás.

C A R T A S D E M I M O L I N O

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¡Ah, qué felices tiempos, qué ciudad tan dicho-

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