Cartas desde mi molino (Alfonso Daudet) Libros Clásicos

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y su alba de encajes; luego, al cabo de un momento,
un buen olor caliente de caramelo y de aromas lle-
naba la cuadra, y aparecía Tistet Védene llevando
con precaución el ponche de vino a la francesa.
Entonces comenzaba el martirio del pobre animal.
Ese vino aromoso que tanto le gustaba, que le
daba calor, que le ponía alas, tenían la crueldad de
traérselo allí, a su pesebre, y hacérselo respirar; des-
pués, cuando tenía impregnadas en el olor las nari-
ces, ¡si te he visto, no me acuerdo! ¡El hermoso
licor de sonrosada llama iba todo él a parar a las
fauces de esos granujas!...
Y si no hicieran más que robarle el vino... Pero,
todos esos seis eran unos demonios, en cuanto ha-

A L F O N S O D A U D E T

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bían bebido... Uno le tiraba de las orejas, otro del
rabo; Quiquet se le montaba en el lomo, Béluquet le
ponía su birrete, y ni uno solo de esos pillastres pa-
raba mientes en que de una corveta o de una sarta
de coces el bueno del animal hubiera podido man-
darlos a todos a la estrella polar y aunque fuese más
lejos... ¡Pero, no! Por algo se es la mula del Papa, la
mula de las bendiciones y de las indulgencias... Por
más que hacían los muchachos, ella no se enfadaba,
y sólo a Tistet Védene guardaba ojeriza. Por su
puesto, cuando sentía a éste detrás de sí, le daba
comezón en los cascos, y en verdad bien había por
qué. ¡Ese perdulario de Tistet hacíale unas jugarre-
tas tan feas! ¡Eran tan crueles sus invenciones des-
pués de beber!...
¡Pues no se le ocurrió cierto día hacerla subir
con él al campanil de la escolanía, allá arriba, arri-
bota, en lo más alto de palacio! Y lo que os digo no
va de cuento; doscientos mil provenzales lo han
visto. Figuraos el terror de aquella desventurada
mula, cuando después de dar vueltas una hora a cie-
gas por una escalera de caracol y trepado no sé

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