Cartas desde mi molino (Alfonso Daudet) Libros Clásicos

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me hasta Ja plaza, pero no lo dio a conocer. Sólo,
mientras le ayudaba a meterse las mangas del so-
bretodo, un bonito sobretodo de color rapé con
botones de nácar, oí a la buena señora que le decía
con dulzura:
-No te recogerás demasiado tarde, ¿no es así?
Y él, con aire picaresco:
-¡Jem! ¡Jem! No lo sé. Quizá.
Tras esto se miraron riéndose, y las niñitas de
azul se reían de verlos reír, y en su rincón reíanse
también a su modo los canarios. Dicho sea entre

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nosotros, creo que el olor de las cerezas los había
emborrachado a todos un poquillo.
Caía la tarde cuando salimos el abuelo y yo. La
niña del vestido azul nos seguía de lejos, para
acompañarlo a la vuelta, pero él no la veía, y estaba
orgulloso de marchar de mi brazo como un hom-
bre. Mamette, radiante, veía todo esto desde el qui-
cio de la puerta, y al mirarnos hacía unos graciosos
meneítos de cabeza que parecían decir: A pesar de
todo, mi pobre hombre... anda todavía.

C A R T A S D E M I M O L I N O

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EL SUBPREFECTO EN EL CAMPO

Él señor subprefecto está de expedición. Con el
cochero delante y él lacayo a la zaga, el coche de la
subprefectura le lleva majestuosamente a la Exposi-
ción regional de La -Combe -aux -Fées. En ese día
memorable el señor subprefecto se ha puesto la
hermosa casaca bordada, el sombrerito apuntado, el
pantalón estrechó con galón de plata y la espada de
gala con puño de náca1r. En sus rodillas descansa
una gran cartera de piel de zapa con relieves, y la
contempla tristemente.
El señor subprefecto mira con tristeza su cartera
de zapa estampada en hueco; piensa en el famoso
discurso que pronto ha de tener que pronunciar en
presencia de los habitantes de La -Combe -aux -
Fées.

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