Tartarín de Tarascón (Alfonso Daudet) Libros Clásicos

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Por ello, con justicia Flaubert puede decir: "Madame Bovary soy yo".
    El punto de vista de Alphonse Daudet es distinto -menos totalizador pero no menos inquietante. Novelista, dramaturgo y poeta, Daudet es prolífico y precoz: publica su primer libro de poemas, Les amoureuses, a los 18 años y su autobiografía, Le petit chose, ¡a los 28! En ella nos habla de una infancia agobiada por la pobreza. Quizá sea este origen precario (recordemos que sus amigos y compañeros de letras ya mencionados - salvo el caso de Maupassant- provienen de familias aristócratas o, por lo menos, burguesas acomodadas) el que le permite incorporar a su obra dos factores fundamentales: el sentido del humor y los elementos fantásticos. Para desarrollar con eficacia su punto de vista se apoya en la fábula tradicional y en el cuento, en las tradiciones bíblica y grecolatina, en la medicina y otras ciencias, en acontecimientos históricos así como en notas periodísticas; todos éstos, que son elementos de los naturalistas, Daudet los pasa por el tamiz de su ironía e imaginación para apropiárselos. Por ejemplo en el cuento "La cabrita del señor Seguín", de Cartas desde mi molino, la narración -es decir: la visión subjetiva, para utilizar un término cinematográfico- nos llega a través de la cabra, a la que otorga un afectuoso sentido del humor.
    Como Flaubert, Daudet traza con delicadeza el contraste entre las fantasías y los sueños de sus personajes, y el entorno social que los determina (y los ahoga). En su Tartarín de Tarascón esto se realiza plenamente. Tartarín es un ávido lector y coleccionista de novelas de aventuras que hablan de lugares y animales exóticos. Esta característica lo vincula casi naturalmente con El Quijote de Cervantes, a quien Daudet hace aquí un homenaje, y con Madame Bovary de Flaubert.
    En Tartarín de Tarascón, Daudet nos entrega una visión humorística de las fantasías aventureras de un buen burgués de provincias del siglo XIX. Tartarín es un personaje dentro del que conviven los espíritus de Don Quijote y Sancho Panza: la sed de aventura alimentada por la literatura romántica frente a los efectos de una realidad que parece poder prescindir tranquilamente de lógica novelesca.
    Tartarín es orillado por la gente de su pueblo -para quienes él, un héroe vicario, es puesto constantemente a prueba en nombre de la necesidad de vivir vicariamente sus hazañas- a emprender una extraña travesía que lo llevará del puerto de Marsella hasta el sur de Argelia.

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