Tartarín de Tarascón (Alfonso Daudet) Libros Clásicos

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En la casita del baobab el desván estaba lleno de tan gloriosos trofeos. Por eso todos los tarasconeses le proclaman maestro, y como Tartarín se sabía de corrido el código del cazador, como había leído todos los tratados y manuales de todas las cazas posibles, desde la caza de la gorra hasta la del tigre de Birmania, aquellos señores le habían convertido en juez cinegético y le tomaban por árbitro en sus discusiones.
   Todos los días, de tres a cuatro, veíase en medio de la tienda de Costecalde el armero -llena de cazadores de gorras, todos de pie peleándose- a un hombre regordete, muy serio, con la pipa entre los dientes, sentado en un sillón de cuero verde. Era Tartarín de Tarascón haciendo justicia; Salomón en figura de Nemrod.

III. ¡NA! ¡NA! ¡NA! PROSIGUE EL VISTAZO GENERAL SOBRE LA BUENA CIUDAD DE TARASCÓN

   
   A la pasión por la caza, la vigorosa raza tarasconesa unía otra pasión: la de las romanzas. Es increíble el número de romanzas que se consumen en aquel pueblo. Todas esas antiguallas sentimentales, que amarillean en las carpetas más vetustas, recobran allá en Tarascón su plena juventud, su más vivo esplendor. Todas están allí, todas. Cada familia tiene la suya, cosa sabida en la ciudad. Sabido es, por ejemplo, que la del boticario Bezuquet empieza:
Oh blanca estrella que adoro...
   La del armero Costecalde:
Ven conmigo al país de las cabañas...
    La del registrador:
Si fuese invisible, nadie me vería...
(Canción cómica)
   Y así sucesivamente para todo Tarascón. Dos o tres veces por semana hay reuniones en casa de unos o de otros y se las cantan.
   Pero lo singular es que son siempre las mismas, y, a pesar de llevar tanto tiempo cantándoselas, los buenos tarasconeses jamás sienten deseo de cambiarlas. Se las transmiten, en las familias, de padres a hijos, y todo el mundo las respeta como cosa sagrada. Ni aun siquiera se las toman a préstamo. A los Costecalde, por ejemplo, nunca se les ocurriría cantar la de los Bezuquet, ni a los Bezuquet cantar la de los Costecalde. Y, no obstante, figuraos si las conocerán, después de cuarenta años que llevan cantándoselas. Pero ¡nada!, cada cual guarda la suya, y todos tan contentos.
   En lo de las romanzas, como en lo de las gorras, el primero en la ciudad era también Tartarín.

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