Tartarín de Tarascón (Alfonso Daudet) Libros Clásicos

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Verán aquel demonio del país en que el sol lo transfigura todo y lo hace todo mayor que lo natural. Verán aquellos cerrillos de Provenza, no más altos que la loma de Montmartre, y les parecerán gigantescos. Verán la casa cuadrada de Nimes -una joyita de rinconera- que les parecerá tan grande como Notre-Dame. Verán... ¡ah!, que el único embustero del mediodía, si es que hay alguno, es el sol... Todo lo que toca lo exagera... ¿Qué era Esparta en el tiempo de su esplendor? Un poblacho... ¿Y Atenas, qué fue? A lo sumo una subprefectura... y, no obstante, en la Historia nos aparecen como ciudades enormes. Tal es lo que de ellas ha hecho el sol...
   Después de esto, ¿os asombraréis de que el mismo sol, cayendo sobre Tarascón, de un antiguo capitán de almacenes, como Bravidá, haya podido hacer el bravo comandante Bravidá; de un nabo, un baobab, y de un hombre que estuvo a punto de ir, un hombre que había estado en Shangai?

VIII. LAS FIERAS DE MITAINE. UN LEÓN DEL ATLAS EN TARASCÓN. TERRIBLE Y SOLEMNE ENTREVISTA

   
   Ya que hemos presentado a Tartarín de Tarascón tal como era en su vida privada, antes de que la gloria bajara a su frente para coronarla de laurel secular; ya que hemos narrado aquella vida heroica de un ambiente modesto, sus alegrías, dolores, sueños y esperanzas, apresurémonos a llegar a las grandes páginas de su historia y al singular acontecimiento en virtud del cual había de remontarse a tan incomparable destino.
   Fue de anochecida, en casa del armero Costecalde. Tartarín de Tarascón enseñaba a unos aficionados el manejo del fusil de aguja, entonces de flamante novedad. De pronto se abre la puerta, y un cazador de gorras se precipita despavorido en la tienda gritando: "¡Un león!... ¡Un león!.. ." Estupor general, espanto, tumulto, atropello. Caía Tartarín la bayoneta, corre Costecalde a cerrar la puerta. Rodean todos al cazador, le interrogan, le asedian, y he aquí lo que oyen: la colección de fieras de Mitaine, de regreso de la feria de Beaucaire, accediendo a parar unos días en Tarascón, acababa de instalarse en la Plaza del Castillo con multitud de boas, focas, cocodrilos y un magnífico león del Atlas.
   ¡Un león del Atlas en Tarascón! Nadie recordaba haber visto jamás cosa semejante. ¡Con qué arrogancia se miraban nuestros valientes cazadores de gorras! ¡Qué resplandores de júbilo en sus varoniles rostros y qué apretones de manos cambiaban silenciosamente en todos los rincones de la tienda de Costecalde! Tan grande e imprevista era la emoción, que ninguno sabía decir palabra.

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