Tartarín de Tarascón (Alfonso Daudet) Libros Clásicos

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   Barbassou le paró al vuelo, y, agarrándole de la faja, le dijo:
   -Pero, trueno de Dios, estése quieto... No hay tales piratas... Hace mucho tiempo que ya no quedan... Son cargadores.
   -¡Cargadores!
   -Sí; ganapanes, que vienen a buscar los equipajes para llevarlos a tierra... Envaine usted, pues, el cuchillo, déme el billete y vaya detrás de ese negro, que es un buen muchacho, y él le llevará a tierra, y aun al hotel, si usted quiere...
   Tartarín, un poco azorado, dio el billete y, siguiendo al negro, bajó por la escalerilla a una barcaza que bailaba al costado del buque. Allí estaba ya todo su equipaje:
   baúles, cajas de armas, botiquín, conservas alimenticias... Como ocupaban toda la barca, no hubo necesidad de esperar a otros pasajeros. El negro se encaramó sobre los bultos y allí se acurrucó como un mono, con las rodillas entre las manos. Otro negro cogió los remos... Los dos miraban a Tartarín riendo y mostrando sus blancos dientes.
   De pie en la popa, con aquel terrible gesto que era el terror de sus paisanos, el gran tarasconés acariciaba febrilmente el mango de su cuchillo; porque, a pesar de lo que Barbassou le dijo, sólo a medias se había tranquilizado con respecto a las intenciones de aquellos cargadores de piel de ébano, que tan poco se parecían a los simpáticos mozos de cuerda de Tarascón...
   Cinco minutos después, la barcaza llegaba a tierra, y Tartarín ponía el pie en aquel muelle berberisco en que, trescientos años antes, un galeote español llamado Miguel de Cervantes, bajo el látigo de la chusma argelina, preparaba cierta sublime novela que había de llamarse el Quijote.

III. INVOCACIÓN A CERVANTES. DESEMBARCO. ¿DÓNDE ESTÁN LOS TEURS NO HAY TEURS. DESILUSIÓN

   
   ¡Oh Miguel de Cervantes Saavedra! Si es cierto lo que dicen, que en los lugares en que han vivido los grandes hombres, algo de ellos flota en el aire hasta el fin de los tiempos, lo que de ti quedaba en aquella playa berberisca debió de estremecerse de gozo al ver desembarcar a Tartarín de Tarascón, tipo maravilloso de francés del mediodía, en quien encarnaban los dos héroes de tu libro: Don Quijote y Sancho Panza...
   El aire estaba caluroso aquel día. En el muelle, inundado de sol, cinco o seis aduaneros; argelinos que esperaban noticias de Francia; moros en cuclillas, que fumaban en largas pipas; marineros malteses que tiraban de unas vastas redes, entre cuyas mallas relucían millares de sardinas como si fuesen moneditas de plata.

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