Tartarín de Tarascón (Alfonso Daudet) Libros Clásicos

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   "¿Qué me cuentan a mí de su Oriente? -pensaba el gran Tartarín-. ¡Ni siquiera hay tantos teurs como en Marsella!"
   De pronto vio pasar a su vera, alargando las patazas y pavoneándose, un soberbio camello. El corazón le dio un vuelco.
   ¿Camellos ya? Pues los leones no andarían lejos; y, en efecto, al cabo de cinco minutos vio llegar hacia donde él estaba, con las escopetas al hombro, toda una tropa de cazadores de leones.
   "¡Cobardes! -se dijo nuestro héroe al pasar junto a ellos-, ¡cobardes!... ¡Ir al león en cuadrilla!..., ¡y con perros!. .." Porque él jamás hubiera imaginado que en Argelia pudiera cazarse otra cosa sino leones. Aquellos cazadores, sin embargo, tenían tan buen aspecto de comerciantes retirados, y además aquella manera de cazar el león con perros y morrales era tan patriarcal, que el tarasconés, algo intrigado, se creyó en el deber de interrogar a uno de aquellos señores.
   -¿Qué tal, compañero, buena caza?
   -Regular -respondió el interpelado, mirando con espanto el considerable armamento del guerrero tarasconés.
   -¿Ha matado usted?
   -Claro que sí..., algunas piezas... Vea usted.
   Y el cazador argelino le mostró el morral, hinchado de conejos y chochas.
   -Pero... ¿cómo? ¿Las lleva usted en el morral?
   -Pues ¿dónde quiere usted que las lleve?
   -¡Vamos!... ¡Serán... pequeñitos!...
   -Pequeños y grandes -respondió el cazador.
   Y como tenía prisa de volver a casa, se juntó a sus compañeros a grandes zancadas.
   El intrépido Tartarín se quedó plantado de estupor en medio de la carretera... Y luego, después de un momento de reflexión, se dijo: "¡Bah!... Son unos embusteros... Estos no han cazado nada...", y continuó su camino.
   Las casas iban haciéndose más raras, y los transeúntes también. Caía la tarde; los objetos empezaban a confundirse... Tartarín de Tarascón siguió andando como una media hora... Por fin se detuvo. Era noche. Noche sin luna, acribillada de estrellas. En la carretera, ni un alma... Sin embargo, el héroe pensó que los leones no son diligencias y no suelen echar por la carretera adelante. Y siguió a campo traviesa... A cada paso, zanjas, malezas y zarzas. ¡No importa! ¡Adelante, adelante!... De pronto, ¡alto! "Por aquí ya huele a león", se dijo nuestro hombre, y husmeó fuertemente a derecha e izquierda.

V. ¡PIM! ¡PAM!

    
   Era un desierto grande, salvaje, erizado enteramente de plantas raras, plantas de Oriente, que parecen bichos malos.

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