Tartarín de Tarascón (Alfonso Daudet) Libros Clásicos

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.. Hay paraguas que, cabalmente cuando llueve a cántaros, gozan en haceros jugarretas por el estilo... Así le ocurrió al tarasconés con la tienda y, cansado de luchar, la arrojó al suelo y se acostó encima de ella, jurando como buen provenzal que era.
   -¡Ta ra rá; ta ra rí!
   -Qués acó? -exclamó Tartarín, despertándose sobresaltado.
   Eran las cornetas de los cazadores de África, que tocaban diana en los cuarteles de Mustafá... El matador de leones, estupefacto, se frotó los ojos. ¡El, que se creía en el desierto!... ¿Sabes, lector, dónde estaba?... En un bancal de alcachofas, entre un plantío de coliflores y otro de remolachas.
   Su Sahara tenía hortalizas... Muy cerca de él, en la linda pendiente verde del Mustafá superior, unos hoteles argelinos, muy blancos, brillaban con el rocío del amanecer. Cualquiera hubiera creído que estaba en los alrededores de Marsella, entre bastides y bastidons.
   El aspecto burgués y hortícola de aquel paisaje adormecido admiró mucho al pobre hombre y le puso de muy mal talante.
   "Esta gente está loca -se decía-. ¡Mire usted que plantar alcachofas teniendo por vecino al león!... Porque yo no he soñado... Los leones vienen hasta aquí... Ahí está la prueba..."
   La prueba eran unas manchas de sangre que el animal había dejado detrás de sí. Inclinado sobre aquella pista ensangrentada, ojo avizor y revólver en mano, el valiente tarasconés, de alcachofa en alcachofa, llegó a un reducido campo de avena... Hierba pisada, un charco de sangre, y en medio del charco, tendido de costado, con una ancha herida en la cabeza, un... ¡Adivinad lo que era!...
   -¡Cáscaras, un león!...
   -No!... Un borriquillo, uno de esos borriquillos menudos, tan comunes en Argelia, donde los designan con el nombre de burriquots.

VI. LLEGADA DE LA HEMBRA. TERRIBLE COMBATE. A LA BUENA PIEZA

   El primer movimiento de Tartarín al contemplar el aspecto de su desgraciada víctima fue de despecho. ¡Hay, en efecto, tanta distancia de un león a un burriquot!. Su segundo movimiento fue de compasión. ¡Era tan bonito aquel borriquillo! ¡Parecía tan bueno! La piel de sus ijares, todavía caliente, se levantaba y caía como una ola. Arrodillóse Tartarín, y con la punta de su faja argelina trató de restañar la sangre del animalito. Y aquel grande hombre curando al borriquillo ofrecía un espectáculo verdaderamente conmovedor.
   Al contacto sedoso de la faja, el borriquillo, que aún tenía un resto de vida, abrió sus ojazos grises y movió dos o tres veces sus largas orejas como para decirle: "¡Gracias!.

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