Tartarín de Tarascón (Alfonso Daudet) Libros Clásicos

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   El romántico Tartarín hubiera querido agregar a la misiva un ramo de flores emblemáticas, conforme a la moda oriental; pero el príncipe Gregory pensó que sería mejor comprar algunas pipas en la tienda del hermano, lo cual no dejaría de suavizar el humor salvaje del señorito; al mismo tiempo, la dama se pondría muy contenta, porque fumaba mucho.
   -¡Pues vamos a comprar pipas inmediatamente! -dijo Tartarín lleno de ardor.
   -No, no... Permítame usted que vaya solo, porque las compraré más baratas...
   -¡Cómo!... ¡Usted!... ¡Oh príncipe!... ¡Príncipe!...
   Y el buen hombre, enteramente confuso, ofreció su bolsa al servicial montenegrino, recomendándole que no ahorrase nada para que la dama quedase contenta.
   Desgraciadamente, el asunto, aunque iba por buen camino, no fue tan de prisa como hubiera podido esperarse. La mora, muy conmovida, al parecer, por la elocuencia de Tartarín, sin contar con que ya estaba casi seducida de antemano, no hubiera puesto reparo en recibirle; pero el hermano sentía escrúpulos, y para vencerlos hubo que comprar pipas a docenas, a gruesas, cargamentos...
   "¿Qué diantres hará Baya con todas esas pipas?", preguntábase a veces el pobre Tartarín. Pero pagaba sin regatear.
   Por fin, después de haber comprado montañas de pipas y derrochado oleadas de poesía oriental, logró una cita.
   No necesitaré deciros con qué emoción hubo de prepararse el tarasconés; con qué esmero se cortó, lustró y perfumó la ruda barba de cazador de gorras, sin que se le olvidara -porque todo hay que preverlo- echarse al bolsillo una llave inglesa de puntas y dos o tres revólveres.
   El príncipe, siempre servicial, asistió a aquella primera cita en calidad de intérprete. Vivía la dama en lo alto de la ciudad. Delante de la puerta, un moro de trece a catorce años fumaba cigarrillos. Era el famoso Alí, el hermano de marras. Al ver llegar a los dos visitantes, dio dos golpes en el postigo y se retiró discretamente.
   La puerta se abrió y apareció una negra, que, sin decir palabra, condujo a los señores, a través del estrecho patio interior, a una salita fresca, en donde la dama esperaba, apoyada de codos en un lecho bajo...
   A primera vista le pareció a Tartarín más pequeña y regordeta que la mora del ómnibus... ¿Era verdaderamente la misma? Pero la sospecha no hizo sino atravesar como un relámpago el cerebro del tarasconés.

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