Mina de Vanghel (Stendhal) Libros Clásicos

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Le dar cien en vez de sesenta si me coloca en una familia,; francesa: quiero acabar de aprender el francés para irme a servir á París. Sé coser muy bien y, como garantía de mi fidelidad, depositaré en casa de los señores veinte luises de oro que he traído de Francia.
El azar favoreció la novela, que había costado ya doscientos o trescientos luises a la señorita de Vanghel. Los señores de Larcay llegaron a «La Cruz de Saboya», que era el hotel de moda. A madame de Larcay le pareció que en este hotel había demasiado ruido y alquiló una casa preciosa a orillas del lago. El balneario estaba muy animado aquel año; había gran concurrencia de gente rica, frecuentes y magníficos bailes, donde la gente iba vestida como en París, y gran reunión todas las noches en «La Redouten. Madame de Larcay, descontenta de las sirvientas de Aix, torpes y poco cumplidoras, optó por buscar una muchacha que supiera su obligación. Le indicaron la agencia de madame Toinod, que empezó;: por mandarle unas maritornes del país muy zafias. Por fin se presentó Aniken, cuyos cien francos habían perfeccionado la habilidad natural de madame Toinod. A madame de Larcay le gustó el aire serio de la joven alemana, la admitió y mandó a buscar su baúl.
Aquella misma noche, cuando sus amos se habían marchado a «La Redoute», Aniken se paseaba soñando por el jardín, a la orilla del lago.
«En fin se dijo, ¡ ya está consumada la gran locura! ¿Qué será de mí si alguien me reconoce? ¿Qué diría madame de Cély, que me cree en Konigsberg? » Comenzaba a abandonarla el valor que la había sostenido mientras se trataba de emprender una acción. Estaba muy conmovida, anhelante la respiración. El arrepentimiento, el temor a la vergüenza, la hacían sufrir mucho. Pero salió la luna detrás de la montaña de Haute Combe; su brillante disco se reflejaba en las aguas del lago, suavemente rizadas por una brisa del norte; grandes nubes blancas de formas extrañas pasaban rápidas delante de la luna y a Mina le parecían inmensos gigantes.

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