Mina de Vanghel (Stendhal) Libros Clásicos

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En la corte y en el baile atraía las miradas, me veía admirada, pero, en medio de esa multitud, el aburrimiento me sumía en la más negra tristeza. Mientras todo el mundo se precipitaba a hablarme, yo me aburría. Desde que murieron mis padres, mis únicos momentos de felicidad han sido aquellos en que, sin ve; cipos fastidiosos, escuchaba la música de Mozart. ¿Tengo yo la culpa de que la búsqueda de la felicidad, natural en todos los hombres, me haya traído a este extraño paso? Probablemente me deshonrará. Bueno, los conventos de la Iglesia católica me ofrecen un refugio.»Dieron los doce en el campanario de un pueblo del otro lado del lago. Esta hora solemne la hizo estremecer. Ya no había luna. Volvió a casa. Apoyada en la balaustrada de la galería que daba al lago y al pequeño jardín, Mina, escondida bajo el vulgar nombre de Aniken, oyó a «sus amos». La música le había devuelto toda su valentía. «Mis antepasados pensaba dejaban su magnífico castillo de Konigsbetg para ir a Tierra Santa; pasados unos años, volvían solo, a través de mil peligros, disfrazados como yo. El valor qué a ellos les animaba me lanza a mí a los peligros que, en este siglo pueril, .aburrido y vulgar, quedan al alcance de mi sexo. ¡ Salga yo de ello, con honor, y las almas generosas podrán sorprenderse de mi locura, pero en secreto me la perdonarán! »Pasaron rápidos los días y no tardaron en encontrar a Mina reconciliada con su suerte. Tenía mucho que coger; tomaba alegremente los deberes de su nueva condición. A veces le parecía estar representando una comedia; se reía de sí misma cuando se le escapaba un movimiento impropio de su papel. Un día, a la hora del paseo, después de comer, cuando el lacayo hubo abierto la portezuela de la calesa y bajado el estribo, se adelantó ligera para subir al coche. «Esta muchacha está loca», dijo madame de Larcay. Alfredo la miró detenidamente. Le encontraba una gracia perfecta A Mina no le preocupaban en absoluto las ideas del deber o el temor al ridículo.

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