Mina de Vanghel (Stendhal) Libros Clásicos

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Estas ideas de prudencia humana estaban muy por debajo de ella; todas las objeciones que se hacía a sí misma se referían solo al peligro de inspirar sospechas a madame de Larcay. Hacía seis semanas que había pasado todo un día con ella y en un papel bien diferente.
Se levantaba todos los días muy temprano para poder dedicar dos horas a la ocupación de afearse. Con unos cuantos tijeretazos había transformado su cabello rubio, can hermoso, y que, según le habían dicho muchas veces, eta tan difícil de olvidar, y gracias a una preparación química tenía ahora un color desagradable e indefinido, tirando a castaño oscuro. Una ligera cocción de hojas de acebo, aplicada cada mañana a sus delicadas manos, les daba la apariencia de una piel ordinaria. También cada mañana su hermosa tez se cubría de ese color desagradable que traen de las colonias los blancos cuya sangre ha tenido alguna relación con la taza negra. Satisfecha de su disfraz, que la volvía más bien fea, Mina se preocupó de no tener ideas demasiado notables. Absorta en su felicidad, no sentía ningún deseo de hablar. Detrás de una ventana, en el cuarto de madame de Larcay, y ocupada en arreglar vestidos pata la noche, oía veinte veces al día la voz de Alfredo y tenía nuevas ocasiones de admirar su carácter. ¿Nos atreveremos a decirlo?... ¿Por qué no, puesto que estamos pintando un corazón alemán? Mina tuvo momentos de felicidad y exaltación en los que llegó a figurarse que era un ser sobrenatural. El celo sincero y entusiasta con que desempeñaba sus nuevas funciones produjo su natural efecto en madame de Larcay, que era un alma vulgar: trató a Mina con altanería y como a una pobre muchacha que podía considerarse muy ;afortunada de que le dieran trabajo. «Pero ¿es que todo lo vivo y sincero estará siempre fuera de lugar entre estas gentes?», se dijo Mina. Dio a entender el propósito de volver con la señora Cramer. Casi todos los días pedía permiso para ir a verla.
Había temido que sus maneras infundieran sospechas a madame de Larcay, pero comprobó con satisfacción que su nueva ama no veía en ella más que una muchacha menos hábil en la costura que la doncella que había dejado en París.

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