Mina de Vanghel (Stendhal) Libros Clásicos

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Esta idea, presentada como una conjetura muy probable pero que importaba poco aclarar, perturbó a Alfredo, de alma tan firme. Era evidente, para él, que Aniken no era una criada; pero que grave interés había podido llevarla al penoso papel que representaba? No podía ser otra cosa que el, miedo. Mina adivinó fácilmente la causa de la preocupación que veía en los ojos de Alfredo. Una noche cometió la imprudencia de interrogarle; Alfredo confesó. Mina se quedó desconcertada. Alfredo estaba tan cerca de la verdad, que, al principio, a Mina le fue muy difícil defenderse. La falsa señora Cramer, infiel a u papel, había dejado adivinar yac el interés por la riqueza tenía loca importancia para Mina. Y era, en su desesperación por el efecto que, al parecer, producían la, palabras de la señora Cramer en el Mínimo de Alfredo, estuvo a punto de decir a éste quién era. Seguramente el hombre que amaba locamente a Aniken amaría también a la señorita de Vanghel ; pero Alfredo tendría entonces la seguridad de volver ,i verla en París y ella no podría conseguir los sacrificios que su amor exigía.
Mitra pasó el día con esta terrible preocupación. Pero lo peor sería la pocho. Al encontrarse sola con Alfredo, , tendría el valor de resistir a la tristeza que leía en sus ojos, de soportar que una sospecha demasiado natural viniera a debilitar o incluso a destruir su amor? Aquella noche, Alfredo llevó a su mujer a «La Redouteu y no volvió a casa. Había un baile de máscaras, gran estrépito, gran concurrencia. Las calles de Aix estaban atestadas de carruajes pertenecientes a curiosos llegados de Chambéry y hasta de Ginebra. Todo este estrépito de la alegría pública acentuaba la negra melancolía de Mina. No pudo permanecer más tiempo en el salón, donde llevaba varias horas esperando en vano a aquel hombre tan seductor. Fue a refugiarse junto a su señora de compañía. También allí se sintió desgraciada: la señora de compañía le pidió fríamente permiso para dejarla, alegando que, aunque muy pobre, no podía decidirse a seguir representando el papel poco honorable que le habían impuesto.

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