Mina de Vanghel (Stendhal) Libros Clásicos

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Llegó a casa de ésta muy inquieto. Esta noche, ya comenzada, iba a ser tan decisiva para Mina como para él; pero Mina f estaba tranquila. Para todas las objeciones que le hacía su razón, tenía la misma respuesta: la muerte.
Se calla dijo Mina, pero es evidente que algo extraordinario le ocurre. No debía darme la pena de verle. Pero, ya que se ha dignado venir, no quiero dejarle en toda la noche.
Contra lo que Mina esperaba, Alfredo consintió sin dificultad. En las circunstancias decisivas, un alma fuerte expende en torno suyo una especie de grandeza que es la felicidad.
Voy a hacer el estúpido oficio de marido dijo por fin Alfredo Voy a esconderme en mi jardín; creo que es la manera menos penosa de salir de la
preocupación que acaba de darme un anónimo.
Y se lo enseñó.
Qué derecho tiene le dijo Mina a deshonrar a madame de Larcay: ¿No están en evidente divorcio? La abandona usted y renuncia al derecho de ocupar su alma; la entrega bárbaramente al aburrimiento natural de una mujer de treinta años, rica y sin la más leve desgracia : ¿ no está ella en su derecho si busca a alguien que la entretenga? ¡ Y usted me dice que me ama, usted, más culpable que ella, pues antes que ella ha ultrajado usted el lazo común, y está loco: quiere condenarla a un aburrimiento eterno!
Esta manera de pensar era demasiado elevada para Alfredo; pero Mina lo decía en tal tono de voz, que le daba fuerza. Alfredo admiraba el poder que tenía sobre él y estaba encantado.
Mientras se digne tenerme con usted acabó por decirle, yo no conoceré ese aburrimiento de que habla.
A medianoche, hacía ya tiempo que todo estaba tranquilo a orillas del lago ; se hubieran oído los pasos de un dato. Mina había seguido a Alfredo detrás de uno de esos setos de arbustos que todavía se ven en les jardines de Saboya. De pronto, un hombre saltó de una pared al jardín. Alfredo quiso correr tras él.

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