Vanina Vanini (Stendhal) Libros Clásicos

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Por él se habrían levantado miles de insurrectos a una señal dada y habrían esperado en arma; la llegada de los jefes superiores. Se acer­caba el momento decisivo, cuando, como siempre ocurre, la conspiración quedó paralizada por el arresto de los jefes.
Vanina, apena:, llegada a Romaña, creyó ver que el amor a la pauta haría olvidar a su amante todo otro amor. El orgullo de la joven romana se soli­viantó. Intentó inútilmente entrar en razón; se apo­deró de ella una honda pena: se sorprendió maldi­ciendo la libertad. Un día en que había ido a Forli para vera Missirilli, no pudo dominar su dolor, al que hasta entonces había sabido imponerse su or­gullo.
-En realidad -le dijo-, me amas como un mari-do; eso no me satisface.
Y lloró, pero de vergüenza por haberse rebajado hasta los reproches. Missirilli respondió a sus lágri­mas como un hombre preocupado. De pronto Va-nina pensó dejarle y volverse a Roma. Sintió una alegría feroz en castigarse por la debilidad que aca­baba de obligarla a hablar. A1 cabo de unos mo­mentos de silencio, estaba tomada su resolución: se creería indigna de Missirilli sino le dejaba. Gozaba ya de la dolorosa sorpresa de Pedro cuando la bus-cara en vano cerca de él. En seguida, la idea de no haber podido lograr el amor del hombre por el que tantas locuras había hecho la enterneció profunda-mente. Entonces rompió el silencio e hizo lo impo­sible por arrancarle una palabra de amor. Missirilli le dijo, con aire distraído, cosas muy tiernas, pero, con un acento mucho más profundo, exclamó con do­lor, hablando de sus empresas políticas:
-¡Ah!, si esto fracasa, si el gobierno lo descubre también, abandono la partida.
Vanina ,e quedó petrificada. Desde hacía una hora, sentía que veía a su amante por última vez. Las palabras que Missirilli pronunció proyectaron en su mente una luz fatal. Se dijo: «Los carbonarios han recibido de mí varios miles de cequíes; no se puede dudar de mi fidelidad a la conspiración.»
Vanina sólo salió de su abstracción para decir a Pedro:
-¿Quieres venir a pasar veinticuatro horas con­migo en el palacio de San Nicolo? Vuestra reunión de esta noche no necesita tu presencia.

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