El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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La pobre mujer lanzó un grito y trató de huir por la calle del Gallo.
-¡Eh! ¿Dónde vas? -gritó el jefe de los voluntarios.
La fugitiva no respondió y continuó corriendo.
-¡Apunten! -dijo el jefe-. Es un hombre disfrazado, un aristócrata que se escapa.
El ruido de dos o tres fusiles maltratados por manos demasiado vacilantes para ser seguras, anunció a la pobre mujer el movimiento fatal que se ejecutaba.
-¡No, no! -gritó, deteniéndose y volviendo sobre sus pasos-. No, ciudadano; te equivocas; no soy un hombre.
-Entonces, avanza y responde categóricamente -dijo el jefe-. ¿Dónde vas, encantadora dama nocturna?
-Pero, ciudadano, no voy a ninguna parte... Vuelvo.
-¡Ah! ¿Vuelves?
-Sí.
-Es un poco tarde para volver una mujer honrada, ciudadana.
-Vengo de casa de una parienta que está enferma.
-Pobre gatita -dijo el jefe, haciendo un gesto con la mano que hizo retroceder a la asustada mujer-. ¿Dónde tenemos el salvoconducto?
-¿El salvoconducto? ¿Qué es eso, ciudadano? ¿Qué quieres decir? ¿,Qué es lo que me pides?.
-¿No has leído el decreto del ayuntamiento?
La mujer no sabía nada sobre la disposición del ayuntamiento que prohibía circular después de las diez de la noche a toda persona que careciera de salvoconducto. El jefe de los voluntarios la sometió a un breve interrogatorio y sus sospechas aumentaron con las confusas respuestas de la mujer. Entonces decidió conducirla al puesto más próximo, el del Palacio-Igualdad.
Se encontraban cerca de la barrera de los Sargentos cuando un joven alto, envuelto en una capa, volvió repentinamente la esquina de la calle Croix-des-Petits-Champs, justo en el momento en que la prisionera suplicaba que la dejaran libre. El jefe de los voluntarios, sin escucharla, la arrastraba por un brazo y la joven lanzó un grito mezcla de miedo y dolor.
El joven vio el forcejeo, oyó el grito y, saltando de un lado a otro de la calle, se plantó ante la cuadrilla y preguntó al que parecía el jefe quién era la mujer y qué querían de ella.
-¿Y tú, quién eres para interrogarnos? -dijo el jefe.
El joven abrió su capa y brillaron unas charreteras en un uniforme militar, identificándose como oficial de la guardia cívica.
-¿Qué dice? -preguntó uno de la cuadrilla con el acento arrastrado e irónico de la gente del pueblo.

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