El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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-Dice que si las charreteras no bastan para que se respete a un oficial, el sable hará que se respeten las charreteras -replicó el joven al tiempo que retrocedía un paso y, desplegando los pliegues de su capa, hacia brillar un largo y sólido sable de infantería a la luz de un farol. Después, con un movimiento rápido que revelaba cierta costumbre en el manejo de las armas, apresando al jefe de los voluntarios por el cuello de la casaca y apoyándole en la garganta la punta del sable, dijo-: Ahora charlaremos como dos buenos amigos. Y te prevengo que al menor movimiento que hagáis tú o tus hombres, atravieso tu cuerpo con mi sable.
Entretanto, dos hombres de la cuadrilla continuaban reteniendo a la mujer.
-Me has preguntado quién soy -continuó el joven-, y no tienes derecho a hacerlo porque no mandas una patrulla regular. No obstante, te lo voy a decir: me llamo Maurice Lindey y he mandado una batería de cañones el diez de agosto. Soy teniente de la Guardia Nacional y secretario de la sección de Hermanos y Amigos. ¿Té basta con eso?
-¡Ah! Ciudadano teniente -respondió el jefe, amenazado por la hoja cuya punta presionaba cada vez más en su garganta-. Si eres realmente lo que dices, es decir, un buen patriota…
-Vaya; ya sabía que nos entenderíamos enseguida -dijo el oficial-. Ahora respóndeme: ¿por qué gritaba esta mujer y qué le hacíais?
-La conducíamos al cuerpo de guardia porque carece de salvoconducto, y el último decreto del ayuntamiento ordena arrestar a cualquiera que deambule sin salvoconducto.
La lucha no podía ser igualada. Incluso la mujer comprendió esto, porque dejó caer la cabeza sobre el pecho y lanzó un suspiro. En cuanto a Maurice, con el ceño fruncido, el labio levantado desdeñosamente, el sable desenvainado, permanecía indeciso entre sus sentimientos de hombre que le ordenaban defender a la mujer y sus deberes de ciudadano que le aconsejaban entregarla. De pronto brilló en una esquina el resplandor de varios cañones de fusil y se escuchó la marcha de una patrulla que, al advertir al grupo, hizo alto a diez pasos. El cabo gritó: «¿Quién vive?»
Maurice reconoció la voz de su amigo Lorin y le pidió que se acercara. El cabo avanzó al frente de la patrulla y, al reconocer a Maurice, le preguntó qué hacía en la calle a esas horas.

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