El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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-Déjeme verla una vez más, una sola vez, se lo suplico.
La joven se quitó la capucha con una sonrisa no exenta de coquetería; a la luz de la luna él pudo ver sus largos cabellos descolgándose en bucles de ébano, el perfecto arco de sus cejas, que parecían dibujadas con tinta china, dos ojos rasgados, como almendras, aterciopelados y lánguidos, una nariz de la forma más exquisita, unos labios frescos y brillantes como el coral.
-¡Oh! Es usted muy hermosa, ¡muy hermosa! -exclamó Maurice.
La joven le pidió que cerrara los ojos. Maurice obedeció y notó un calor perfumado que parecía aproximarse a su rostro. Una boca rozó la suya, dejando entre sus labios el anillo que había rechazado.
Fue una sensación rápida como de pensamiento y ardiente como una llama. Maurice hizo un movimiento, extendiendo los brazos ante sí.
-¡Su juramento! -gritó una voz lejana.
Maurice apoyó sus manos crispadas sobre sus ojos y no contó ni pensó: permaneció mudo, inmóvil, vacilante. Poco después escuchó el ruido de una puerta que se cerraba, abrió los ojos y miró a su alrededor como quien despierta de un sueño; y por tanto hubiera tenido de no mantener entre sus labios apretados el anillo que hacía una incontestable realidad esta increíble aventura.
Cuando volvió en sí y miró a su alrededor, sólo vio callejuelas sombrías que se abrían a derecha e izquierda. Trató de recobrarse, pero su espíritu estaba turbado, la noche era sombría; la luna, que había salido un instante para iluminar el atractivo rostro de la desconocida, se había vuelto a ocultar entre las nubes. El joven, tras un momento de cruel incertidumbre, tomó el camino de su casa. Al llegar a la calle Sainte-Avoie le sorprendió la gran cantidad de patrullas que circulaban por el barrio del Temple.
Preguntó a un sargento qué sucedía y éste le explicó que una patrulla, disfrazada con el uniforme de los cazadores de la guardia nacional y conociendo la contraseña, cosa que nadie podía explicarse, se había introducido en el Temple con intención de liberar a la Capeto y toda su nidada. Felizmente, el que hacía de cabo había llamado señor al oficial de guardia, descubriéndose a sí mismo como aristócrata. No había sido posible arrestarlos: la patrulla había escapado hasta la calle, dispersándose. El jefe, un tipo delgado, había huido por una puerta trasera que daba a las Madelonnettes.

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