El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

Página 20 de 176


-¡Oh! -exclamó la reina-. Apelo al corazón de todas las madres.
-Vamos, vamos; eso está muy bien, pero llevamos aquí dos horas y no podemos perder toda la jornada; Capeto, levántate y síguenos.
-¡Jamás! -exclamó la reina, lanzándose entre los municipales y el joven Luis, aprestándose a proteger el lecho como una tigresa su cubil-; jamás dejaré que se me arrebate a mi hijo.
La hermana de la reina suplicó piedad a los hombres y Santerre les exigió que hablaran, que dijeran los nombres y el proyecto de sus cómplices, así como el significado de los nudos hechos en el pañuelo; sólo en ese caso se les dejaría al niño.
Una mirada de Elisabeth pareció suplicar a la reina que hiciera el terrible sacrificio; pero ella, enjugándose una lágrima, dijo:
-Adiós, hijo mío. No olvidéis nunca a vuestro padre, que está en el cielo, ya vuestra madre, que
muy pronto se reunirá con él. -Le dio un último beso, e irguiéndose, fría e inflexible, continuó:- Yo no sé nada, señores; hagan lo que quieran.
Cuando se llevaron al niño, cuyas lágrimas corrían y le tendía los brazos, la reina cayó anonadada en una silla, pero no lanzó un solo grito.
Al cerrarse la puerta tras los municipales, las tres mujeres guardaron un silencio desesperado, roto solamente por algunos sollozos. La reina fue la primera en romperlo para preguntar a su hija por la nota, y al saber que ésta la había quemado sin leerla, dijo:
-Pero, al menos, habréis visto la letra.
-Sí, madre; un momento.
La reina se levantó, miró a la puerta para saber si eran observadas, cogió una horquilla, se aproximó a la pared, sacó de una grieta un papelito doblado y se lo enseñó a su hija, preguntándole si la letra era la misma.
-Sí, madre -exclamó la princesa-; ¡la reconozco!
-¡Alabado sea Dios! -exclamó la reina con fervor, cayendo de rodillas-. Si ha podido escribir esta mañana es que está a salvo. Gracias, Dios mío; un amigo tan noble, bien merece tus milagros.
La princesa preguntó a su madre de quién hablaba, para poder encomendarle a Dios en sus oraciones.
-Sí, hija mía, tenéis razón; no olvidéis jamás este nombre, porque es el de un gentilhombre lleno
de honor y bravura; no se sacrifica por ambición, porque sólo ha aparecido en los días de desgracia.

Página 20 de 176
 

Paginas:
Grupo de Paginas:           

Compartir:




Diccionario: