El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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-No.
-¿No ha entrado donde ella?
-No.
-Y mientras charlabais, ¿no ha salido nadie de la habitación de las prisioneras? Haz memoria.
-¡Ah, sí! Creo recordar que ha salido la joven.
-¿Ha hablado con tu hija?
-No.
-¿Tu hija, no le ha entregado nada?
-No.
-Y ella, ¿no ha recogido nada del suelo?
-Sí; su pañuelo.
-¡Ah, desgraciada! -exclamó Maurice.
Entonces el joven agitó la campana de alarma y subieron los otros municipales, acompañados por un destacamento de guardia. Se cerraron las puertas y se interceptaron las salidas de todas las habitaciones. Después, Maurice entró en la habitación de la reina y ésta le preguntó qué quería.
-Deseo que me entregue la nota que escondía.
-Usted se equivoca, señor; no escondía nada.
-¡Mientes, austríaca!. -exclamó Agrícola.
-Usted escondía la nota que ha traído la hija de Tison y que su hija ha recogido junto con su pañuelo.
Las tres mujeres se miraron espantadas. La reina protestó por el trato que se les daba y Maurice le dijo que ellos no eran jueces ni verdugos, sino vigilantes; por tanto tenían una misión que no podían violar más que cometiendo una traición.
-Señores -dijo la reina-, puesto que son vigilantes, busquen, y prívennos del sueño esta noche, como siempre.
Maurice le explicó que no osaría poner la mano en una mujer: daría parte al ayuntamiento y esperaría órdenes. Pero ellas no podrían acostarse, dormirían en sillones mientras se las vigilaba.
La señora Tison asomó la cabeza y Maurice le puso al corriente de lo que ocurría, advirtiéndole que su hija no volvería a entrar allí.
La mujer, exasperada, amenazó a la reina.
-No amenaces a nadie -le dijo Maurice-; obtén por la dulzura lo que pedimos; tú eres mujer, y la ciudadana Antonieta, que también es madre, tendrá sin duda piedad de una madre. Mañana tu hija será arrestada; luego, si se descubre algo, y sabes que si se quiere se descubre siempre, estará perdida, ella y su compañera.
La señora Tison, que había escuchado a Maurice con un terror creciente, volvió su mirada, casi extraviada, a la reina.
-¿Lo oyes, María Antonieta?.. ¡Mi hija!... Tú habrás perdido a mi hija.
La reina parecía espantada, no por la amenaza que brillaba en los ojos de su carcelera, sino por la desesperación que se leía en ellos.

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