El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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Había más: Maurice, convertido en comensal de la casa, no sólo permanecía junto a Geneviève, sino que la escoltaba en las correrías que ella debía hacer por el barrio de vez en cuando.
En medio de esta familiaridad, le asombraba una cosa: cuanto más buscaba entablar conocimiento con Morand, más parecía querer alejarse de él este hombre extraño. Esto apenaba amargamente a Geneviève, porque Maurice no dudaba que Morand había adivinado en él un rival, y eran los celos los que le apartaban.
Un día dijo Maurice a Geneviève que Morand le aborrecía. La joven le aseguró que estaba equivocado, que era la timidez de un comerciante metido a químico lo que impedía a Morand dar el primer paso para acercarse a él.
-¿Y quién le pide que dé el primer paso? Yo ya he dado cincuenta y jamás ha respondido.
Al día siguiente, él llegó a casa de la joven a las dos de la tarde y la encontró vestida para salir. Ella le pidió que la acompañara a Auteuil, irían en coche hasta la barrera y luego continuarían paseando.
Los dos jóvenes partieron. Más allá de Passy saltaron a la carretera y continuaron su paseo a pie. Al llegar a Auteuil, Geneviève se detuvo y le pidió que la esperara junto al parque mientras ella iba a casa de una amiga. Se despidieron y Maurice se dirigió al lugar acordado para la cita, paseando arriba y abajo, y abatiendo con su bastón todas las hierbas, flores o cardos que encontraba en su camino.
A Maurice le preocupaba saber si Geneviève le amaba o no: su comportamiento con él era el de una hermana o amiga, pero no lo consideraba suficiente. Ella se había convertido en el pensamiento constante de sus días, en el sueño sin cesar renovado de sus noches.
Sin embargo, esto no era suficiente, necesitaba que ella le amara.
Geneviève estuvo ausente una hora que a él le pareció un siglo; luego la vio venir y sonreírle. Maurice, por el contrario, se acercó a ella con el entrecejo fruncido. Geneviève tomo su brazo sonriendo.
-Heme aquí -dijo-; amigo mío, perdóneme por haberle hecho esperar.
Maurice respondió con un movimiento de cabeza y los dos tomaron por una avenida seductora, blanda, umbría, frondosa, que dando un rodeo, les conduciría a la carretera.
Maurice estaba mudo, Geneviève pensativa.

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