El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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-¿Por qué sólo hay tres municipales? - preguntó-. ¿Quién es el mal ciudadano que falta?
-El que falta no es un tibio -contestó Agrícola-, sino el secretario de la sección Lepelletier, el ciudadano Lindey.
-Bien, bien; conozco el patriotismo del ciudadano Maurice Lindey; lo que no impedirá que se le inscriba en la lista de ausentes si no llega antes de diez minutos.
A pocos pasos del general, un capitán de cazadores y un soldado comentaban la ausencia de Maurice. El capitán dijo a media voz:
-Si no viniera, le colocaré a usted de centinela en la escalera, y cuando ella suba a la torre podrá decirle unas palabras.
En ese momento entró un municipal, que se dirigió a Santerre:
-Ciudadano general: el ciudadano Maurice Lindey está enfermo y te ruego que me admitas en su puesto; aquí está el certificado médico; mi turno de guardia era dentro de ocho días y lo he cambiado con él.
El capitán y el cazador se habían mirado con una alegre sorpresa.
-Dentro de ocho días -se dijeron.
-Capitán Dixmer -gritó Santerre-, tome posición con su compañía en el jardín.
Resonó el tambor, y la compañía, conducida por el curtidor, se alejó en la dirección prescrita.
En el jardín, a unos veinticinco metros del muro, por la parte de éste que daba a la calle Porte-Foin, se levantaba una especie de caseta donde podían proveerse de comida y bebida los guardias nacionales; estaba regida por la señora Plumeau, excelente patriota, viuda de un arrabalero caído el l0 de agosto.
La cabañita se componía de una sola habitación de doce pies cuadrados, bajo la que se extendía la cueva donde la viuda Plumeau guardaba sus víveres.
El capitán y el cazador entraron en la taberna y la señora Plumeau ofreció al primero, vino de Saumur, pero éste, tras observar que no había en la cantina queso de Brie, aseguró que, para él, el famoso vino no valía nada si no iba acompañado de dicho comestible.
-Y date cuenta -le dijo-que la consumición valía la pena, pensaba invitar a toda la compañía.
La mujer pidió cinco minutos para ir a buscarlo.
-Sí, ve -dijo el capitán-, y entretanto descenderemos a la cueva para elegir el vino nosotros mismos.
La viuda Plumeau salió corriendo mientras el capitán y el cazador, provistos de una vela, levantaban la trampa y bajaban a la cueva.

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