El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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Llegaron a la callejuela. El hombre de gris estaba bien informado y no dudó un instante en meterse por ella.
-Aquí es -dijo.
-¿Aquí es qué? -preguntó Lorin.
-Aquí es donde encontraremos a los dos jefes.
Maurice se apoyó en el muro, le pareció que iba a caerse de espaldas.
-Hay tres entradas -dijo el hombre de gris-: la entrada principal, ésta, y una que da a un pabellón. Yo entraré por la principal con seis u ocho hombres; guardad ésta con cuatro o cinco, y poned tres hombres de confianza en la salida del pabellón.
-Yo saltaré el muro y vigilaré desde el jardín -dijo Maurice.
-¡Estupendo! -dijo Lorin-. Porque así nos abrirás la puerta desde el interior.
-Encantado -dijo Maurice-. Pero no vayáis a desguarnecer el pasaje y venir sin que yo os llame. Todo lo que ocurra dentro lo veré desde el jardín.
-Entonces, ¿conoces la casa? -preguntó Lorin.
-Hace tiempo quise comprarla.
Lorin emboscó a sus hombres, mientras el agente de policía se alejaba con ocho o diez guardias nacionales para forzar la puerta principal.
Al cabo de un instante el ruido de sus pasos se había apagado, sin haber despertado la menor atención en aquel desierto.
Los hombres de Maurice estaban en su puesto y se escondían lo mejor posible. Se hubiera jurado que todo estaba tranquilo y no pasaba nada extraordinario en la antigua calle Saint-Jacques.
Maurice comenzó a escalar el muro.
-Espera -dijo Lorin
-¿Qué
-La contraseña
-Es cierto
-Clavel y subterráneo. Detén a todos los qu

no digan estas dos palabras. Deja pasar a todos los
que las digan. Esa es la consigna. -Gracias -dijo Maurice. Y saltó al jardín desde lo alto del muro.
XII CLAVEL Y SUBTERRANEO INVESTIGACION LA FIDELIDAD JURADA MAÑANA LA CONSERJERIA
El primer golpe había sido terrible, y Maurice había necesitado un gran dominio sobre sí mismo para ocultar a Lorin el trastorno que se había producido en su persona; pero una vez solo en el jardín, sus ideas se desenvolvieron más ordenadamente.
«Así que esta casa visitada a menudo con el placer más puro, no era sino una madriguera de sangrientas intrigas; la buena acogida a su ardiente amistad, hipocresía; el amor de Geneviève, miedo.
Maurice se deslizó por el jardín, de macizo en macizo, hasta quedar oculto a los rayos de la luna por la sombra del invernadero.

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