El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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-En cuanto a eso, yo no sé nada.
-Y vos mismo nos traicionáis.
-¿Yo?
-Sí, vos.
-¡Ah, ya! Entendámonos, señores burgueses; ¿a quién traicionaría? ¡A los Estados! Yo no puedo

traicionarlos, ya que siendo su soldado, ejecuto fielmente su consigna.
Y en esto, como el conde tenía tanta razón que re sultaba imposible d iscutir su respuesta, redoblaron los clamores y amenazas; clamores y amenazas espantosas, a las que el conde respondía con toda la educación posible.
-Pero, señores burgueses, por favor, desarmad los mosquetes; puede dispararse uno por accidente, y si el tiro hiere a uno de mis jinetes, os derribaremos doscientos hombres por tierra, lo que lamentaríamos mucho; pero vosotros mucho más, ya que eso no entra en vuestras intenciones ni en las mías.
-Si tal hicierais -gritaron los burgueses-, a nuestra vez abriríamos fuego sobre vosotros.
-Sí, pero aunque al hacer fuego sobre nosotros nos matarais a todos desde el primero al último,

aquéllos a quienes nosotros hubiéramos matado, no estarían por ello menos muertos. -Cedednos, pues, la plaza, y ejecutaréis un acto de buen ciudadano. -En primer lugar, yo no soy un ciudadano -dijo De Tilly-, soy un oficial, lo cual es muy diferente; y
además, no soy holandés, sino francés, lo cual es más diferente todavía. No conozco, pues, más que a los Estados que me pagan; traedme de parte de los Estados la orden de ceder la plaza y daré media vuelta al instante, contando con que me aburro enormemente aquí.
-¡Sí, sí! -gritaron cien voces que se multiplicaron al instante por quinientas más-. ¡Vamos al Ayun­tamiento! ¡Vamos a buscar a los diputados! Vamos, vamos! -Eso es -murmuró De Tilly mirando alejarse a los más furiosos-. Id a buscar una cobardía al Ayuntamiento y veamos si os la conceden; id, amigos míos, id. El digno oficial contaba con el honor de los magis trados, los cuales a su vez contaban con su honor de soldado.
-Estará bien, capitán -dijo al oído del conde su primer teniente-, que los diputados rehúsen a esos energúmenos lo que les pidan; pero que nos enviaran a nosotros algún refuerzo, no nos haría ningún mal, creo yo.
Mientras tanto, Jean de Witt, al que hemos dejado subiendo la escalera de piedra después de su conversa ción con el carcelero Gryphus y su hija Rosa, había llegado a la puerta de la celda donde yacía sobre un colchón su hermano Corneille, al que el fiscal había hecho aplicar, como hemos dicho, la tortura preparatoria.

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