El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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Pero viendo que no podía hacerse entender, se volvió hacia la ventana abierta y llamó al señor D´Asperen.
D´Asperen apareció a su vez en el balcón, donde fue saludado con gritos más enérgicos todavía que los que habían acogido, diez minutos antes al señor De Bowelt.
Emprendió también la difícil tarea de dialogar con la multitud, pero ésta prefirió forzar la guardia de los Estados, que por otra parte no opuso ninguna resistencia al pueblo soberano, a oír el discurso del señor D´Asperen.
-Vamos -dijo fríamente el joven mientras el pueblo se introducía por la puerta principal de la Hoog­straet- parece que la delib eración tendrá lugar en el interior, coronel. Vamos a oírla.
-¡Ah, monseñor, monseñor! ¡Tened cuidado!
-¿A qué?
-Entre esos diputados, hay muchos que han tenido relaciones con vos, y basta con que uno solo reco­nozca a Vuestra Alteza.
-Sí, para que se me acuse de ser el instigador de todo esto. Tienes razón -dijo el joven, cuyas mejillas enrojecieron un instante lamentando haber demostrado tanta precipitación en sus deseos-. Sí, tienes razón; quedémonos aquí. Desde aquí les veremos volver con o sin la autorización y juzgaremos así si el señor De Bowelt es un hombre valiente o un valiente hombre, que es lo que tengo que saber.
-Pero -observó el oficial mirando con asombro al que daba el título de monseñor- Vuestra Alteza no supondrá por un solo instante, imagino, que los diputados ordenen alejarse a los jinetes de De Tilly, ¿verdad?
-¿Por qué? -preguntó fríamente el joven.
-Porque si lo ordenaran, esto significaría simplemente firmar la sentencia de muerte de los señores Cor neille y Jean de Witt.
-Ya veremos -respondió fríamente Su Alteza-. Sólo Dios puede saber lo que pasa en el corazón de
los hombres.
El oficial miró a hurtadillas el rostro impasible de su compañero, y palideció.
Este oficial era a la vez un hombre valiente y un valiente hombre.
Desde el lugar donde permanecían, Su Alteza y su compañero oían los rumores y los pisoteos del pueblo en las escaleras del Ayuntamiento.
Luego se oyó crecer ese ruido y extenderse sobre la plaza por las ventanas abiertas de aquella sala en cuyo balcón habían aparecido De Bowe1t y D´Asperen, los cuales habían entrado al interior, ante el temor sin duda, de que empujándolos, el pueblo no les hiciera saltar por encima de la balaustrada.

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