El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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-¡Aquí está la orden! -respondieron cien voces insolentes.
La cogió con estupor, lanzó por encima una ojeada rápida, y en voz alta dijo:
-Los que han firmado esta orden son los verdaderos verdugos del señor Corneille de Witt. En cuanto a mí, no quisiera por mis dos manos haber escrito una sola letra de esta infame orden -y rechazando con el pomo de su espada al hombre que quería cogérsela, añadió-: Un mome nto. Un escrito como éste es de importancia, y se guarda.
Plegó el papel y lo metió con cuidado en el bolsillo de su casaca.
Luego, volviéndose hacia su tropa, gritó:
-¡Jinetes de De Tilly, desfilad por la derecha!
Luego, a media voz, y no obstante, de forma que sus palabras no se perdieran para todo el mundo, dijo:
-Y ahora, asesinos, realizad vuestro trabajo.
Un grito furioso compuesto de todos los odios se dientos y de todas las alegrías feroces que reinaban en la Buytenhoff, acogió esta partida.
Los jinetes desfilaron lentamente.
El conde se quedó atrás, haciendo frente hasta el último momento al populacho enloquecido que ganaba terreno a medida que lo perdía el caballo del capitán.
Como se ve, Jean de Witt no había exagerado el peligro cuando, ayudando a su hermano a levantarse, le apremiaba a salir.
Corneille descendió, pues, apoyado en el brazo del ex gran pensionario, la escalera que conducía al patio.
Al pie de la escalera halló a la bella Rosa toda temblorosa.
-¡Oh, Mynheer Jean! -exclamó-. ¡Qué desgracia!
-¿Qué ocurre, hija mía? -preguntó De Witt.
-Dicen que han ido a buscar a la Hoogstraet la orden que debe alejar a los jinetes del conde De Tilly.
-¡Oh! ¡Oh! -exclamó Jean-. En efecto, hija mía, si los jinetes se van, la posición es mala para nosotros.
-Si me atreviera a daros un consejo... -aventuró la joven temblando.
-Dalo, hija mía. ¿Qué habría de asombroso que Dios me hablara por tu boca?
-¡Pues bien! Mynheer Jean, yo no saldría por la calle. Mayor.
-¿Y por qué, ya que los jinetes de De Tilly permanecen en su puesto?
-Sí, pero mientras no sea revocada, la orden es de quedarse delante de la prisión.
-Sin duda.
-¿Tenéis una orden para que os acompañen hasta las afueras de la ciudad?

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