El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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-No.
-¡Pues bien! Desde el momento en que hayáis sobrepasado a los primeros jinetes caeréis en manos del pueblo.
-Pero ¿y la guardia burguesa?
-¡Oh! La guardia burguesa es la más enfurecida.
-¿Qué hacer, entonces?
-En vuestro lugar, Mynheer Jean -continuó tími damente la joven-, saldría por la poterna. Da a una calle desierta, porque todo el mundo está en la calle Mayor, esperando en la entrada principal, y desde allí alcanzaría la puerta de la ciudad por la que queráis salir.
-Pero mi hermano no podrá caminar -objetó Jean.
-Lo intentaré -respondió Corneille con una expresión sublime de firmeza.
-Pero ¿no tenéis vuestro coche? -preguntó la joven.
-El coche está en el umbral de la gran puerta.
-No -replicó la joven-. Pensé que vuestro cochero sería un hombre fiel y le dije que fuera a esperaros en la poterna.
Los dos hermanos se miraron con ternura, y su doble mirada, llevando toda la expresión de su recono cimiento, se concentró sobre la joven.
-Ahora -dijo el ex gran pensionario- queda por saber si Gryphus querrá abrirnos esa puerta.
-¡Oh, no! -exclamó Rosa-. No querrá.
-¡Y bien! ¿Entonces?
-Entonces, yo he previsto su negativa y, hace un momento, mientras él conversaba por la ventana de la cárcel con un jinete de De Tilly, cogí la llave del manojo.
-¿Y la tienes?
-Aquí está, Mynheer Jean. -
-Hija mía -dijo Corneille-, no tengo nada que ofrecerte a cambio del servicio que me rindes, excepto la Biblia que hallarás en mi celda: éste es el último regalo de un hombre honrado; espero que te traiga la felicidad.
-Gracias, Mynheer Corneille, no me abandonará jamás -respondió la joven.
Luego para sí misma y suspirando, añadió:
-¡Qué desgracia que no sepa leer!
-Los clamores se están redoblando, hija mía -lijo Jean-. Creo que no hay un instante que perder.
-Venid, pues -invitó la bella frisona, y por un pasillo interior cond ujo a los dos hermanos al lado opuesto de la prisión.
Siempre guiados por Rosa, descendieron una escalera de una docena de peldaños, atravesaron un peque ño patio de murallas almenadas y, habiendo abierto la puerta cimbrada, se hallaron al otro lado de la prisión en la calle desierta, frente al coche que les esperaba con el estribo bajado.

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